sábado, 23 de octubre de 2010

#56

El polvo iluminado por la luz que se cuela entre las cortinas. Formas, apenas visibles, de los muebles del estrecho dormitorio; la cómoda, el desvencijado armario, el escritorio, la ropa amontonada en el respaldo de la silla y la puerta de barniz desconchado.
El calor de las mantas, el peso de los párpados y el íntimo placer de la semiinconsciencia, el sueño.
Parecía que iba a caer de nuevo, pero el sonido de pasos firmes, cada vez más cercanos, se lo impidió. En la oscuridad, aguzó el oído, medio dormido. Unos toques secos en la puerta le sobresaltaron y se revolvió bajo la sábana. Finalmente la puerta se abrió, pero el pasillo estaba en penumbra. Sólo acertó a distinguir unas botas femeninas bajo retazos de un vestido y el reflejo anaranjado de lo que parecía ser una cabellera rizada.

- Leet -dijo una voz-, ¿estás despierto?

No contestó, tratando de identificar la voz y despejarse. La voz se impacientó.

- ¿Leet?

- Sí -consiguió murmurar-.

- Date prisa. Tenemos que irnos ya, te estamos esperando.

- Mmmh... -intentó despertarse del todo con un profundo suspiro y contestó, despacio-. De acuerdo. Gracias, Irýth.

Las botas, el vestido y la cabellera anaranjada desaparecieron del umbral de la puerta y los pasos se alejaron hasta que no pudo escucharlos. Se incorporó suavemente apoyado en una mano, frotándose los ojos con la otra. No había manera de deshacerse de ese sopor pegajoso, así que corrió la cortina y dejó entrar la luz, que lo cegó al principio, pero que le mostró después el bullicioso caos de la ciudad de Ülerm. Era mediodía.



Samos.

1 comentario:

yuko dijo...

¿Has empezado a escribir el principio? ¿Por fín? NO ME LO CREO. asdf

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