- No importa cuántas veces se lo diga: No se mueve. Me ignora. Pero no hay nadie en la habitación y ella tiene que irse a la suya.
- Ya veo -se limitó a decir-.
- Tú la estás tratando, ¿verdad, Rafael?
- No, no soy su médico. Pero sí la conozco bien -bebió un sorbó de café-. Pasa mucho rato con las abuelas, juega al parchís con Carmen...
- Bueno, vale, sí -le cortó Ballesteros con ademán impaciente, tirando el cigarro al suelo-. ¿Puedes hacerla salir de ahí, por favor? Su amiguita no va a volver a la habitación hasta por la mañana ¡y ella debe irse a la suya! Sé que la echa de menos pero son las normas del hospital, no las mías.
Moretti suspiró y escudriñó la cafetería a través del cristal: Una niña con un brazo escayolado intentando torpemente untar queso en un trozo de pan con una sola mano; Conchi con su madre, que venían de hacerle una radiografía de revisión a la niña; Jun sentado, solo, terminando de leer La comunidad del anillo; y Fátima pasando apuntes a limpio, apartándose de los ojos el pelo que se le salía de un moño mal hecho. Retiró la vista rápidamente cuando ésta levantó la cabeza y lo miró, suspiró de nuevo, apuró su café, tiró el vaso de plástico a la basura y dijo:
- Dices que está en la habitación de Sawada.
- Sí.
- Que Sawada no está.
- Sí.
- Y que no hay modo de sacarla de ahí.
- Exacto.
Tras una pausa, Moretti dijo:
- De acuerdo. Ven -empezó a caminar-.
Ambos volvieron a entrar al hospital, en silencio.
[...]
- Bueno, ya estamos. Ya verás como sigue exactamente en la misma posición: sentada en la silla con el libro en el regazo, mirando por la ventana, como una maldita muñeca.
Moretti abrió la puerta de la habitación de Michi y se encontró a Rena tal y como se la había descrito Ballesteros.
- ¿Lo ves? Y mira -se volvió hacia la chica y le dijo en voz alta y aparentemente cariñosa-: ¡Renata! ¡Renata, querida, tienes que volver ya a tu habitación! Van a llevarte la cena dentro de nada...
La chica le ignoró completamente y no se movió. Ballesteros miró a Moretti y le desafió en silencio a que consiguiera que al menos pestañeara. Moretti le devolvió el gesto con cierta molestia y finalmente se dirigió a Rena en voz neutra y baja:
- Rena... Rena escuchame un momento.
La aludida giró levemente la cabeza en su dirección sin dejar de mirar por la ventana.
- Rena, Jun está en la cafetería -dijo, por fin-.
Finalmente reaccionó y su gesto se suavizó al devolverle la mirada a Moretti. En absoluto silencio, se levantó la silla, salió de la habitación y caminó lentamente por el pasillo con Las dos torres en la mano.
Mostrando entradas con la etiqueta lluvia fría. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 29 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010
#52
Mientras iba andando a paso ligero por el corredor, la familiar melodía de guitarra eléctrica que tenía de tono de llamada en su antiguo teléfono comenzó a sonar. Rafael sacó del bolsillo de la bata su nuevo móvil. No estaba dispuesto a cambiar tantas cosas: el tono del teléfono se quedaba como estaba.
- ¿Sí? - descolgó y miró al infinito esperando una respuesta que no llegaba-. ¿Diga?
- ¡Hola! -contestó una voz alegre y cantarina-.
- ¿Quién es? -arrugó la frente con irritación-.
- ¡Yo! -la vocecita rió.
El doctor respiró hondo y respondió con sarcasmo:
- Hola... ¿vos?
- ¿Sí? - descolgó y miró al infinito esperando una respuesta que no llegaba-. ¿Diga?
- ¡Hola! -contestó una voz alegre y cantarina-.
- ¿Quién es? -arrugó la frente con irritación-.
- ¡Yo! -la vocecita rió.
El doctor respiró hondo y respondió con sarcasmo:
- Hola... ¿vos?
sábado, 7 de agosto de 2010
#48
- ¿Qué es ese ruido? -preguntó la anciana-.
- Oh, es el teléfono de Rafael, que tiene interferencias -contestó Jun. Ciertamente, había mucho ruido y apenas se entendía lo que el interlocutor decía.
- ¡¿QUÉ?! - gritaba el doctor, con el ceño fruncido -. ¡NO ENTIENDO NADA!
- ¿Y de qué hablan?
- Pues... no lo tengo muy claro.
Mientras el doctor chillaba al teléfono dándoles la espalda, Jun y Rena bebían zumo de melocotón con pajita y Carmen había vuelto a su lectura en profundidad del Pronto.
- ¿Que le diga qué? - pudo escucharse el nombre de Fátima en la algarabía de ruiditos y pitidos.
- Ah, creo que le están diciendo que se declare a Fátima -dijo Rena en voz baja-.
- ¡Vaya! Pobre Ambrosia. Le habría gustado ver esto -se lamentó Carmen-.
- ¿Podés repetir eso último? -insistía el doctor-. ¡Te juro que no entiendo nada!
Los tres espectadores observaban y escuchaban con atención, esperando a ver qué decía el doctor. Después de una pausa, Moretti frunció el ceño de nuevo e hizo una mueca.
- Que diga que... ¿que la mamo?
- ¡¡¡PRFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!! - El zumo de melocotón viajó de Jun a Rena y de Rena a Jun; Carmen usó la revista como escudo, con los ojos abiertos como platos.
Moretti se rindió, colgó y apagó el móvil con desgana. Se dio la vuelta mientras hablaba:
- No sé qué carajo pasa en este hospital con los celulares -miró el teléfono con cara de asco-. Tendré qué comprar otro, quizá...
Al girarse dio con Jun y Rena intentando limpiarse el zumo el uno al otro y a Carmen riendo, abanicándose con el Pronto.
- ¡Estoy sorprendida! -dijo entre carcajadas-. No sabía que le gustaran esas cosas, Moríte.
Lluvia fría.
- Oh, es el teléfono de Rafael, que tiene interferencias -contestó Jun. Ciertamente, había mucho ruido y apenas se entendía lo que el interlocutor decía.
- ¡¿QUÉ?! - gritaba el doctor, con el ceño fruncido -. ¡NO ENTIENDO NADA!
- ¿Y de qué hablan?
- Pues... no lo tengo muy claro.
Mientras el doctor chillaba al teléfono dándoles la espalda, Jun y Rena bebían zumo de melocotón con pajita y Carmen había vuelto a su lectura en profundidad del Pronto.
- ¿Que le diga qué? - pudo escucharse el nombre de Fátima en la algarabía de ruiditos y pitidos.
- Ah, creo que le están diciendo que se declare a Fátima -dijo Rena en voz baja-.
- ¡Vaya! Pobre Ambrosia. Le habría gustado ver esto -se lamentó Carmen-.
- ¿Podés repetir eso último? -insistía el doctor-. ¡Te juro que no entiendo nada!
Los tres espectadores observaban y escuchaban con atención, esperando a ver qué decía el doctor. Después de una pausa, Moretti frunció el ceño de nuevo e hizo una mueca.
- Que diga que... ¿que la mamo?
- ¡¡¡PRFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!! - El zumo de melocotón viajó de Jun a Rena y de Rena a Jun; Carmen usó la revista como escudo, con los ojos abiertos como platos.
Moretti se rindió, colgó y apagó el móvil con desgana. Se dio la vuelta mientras hablaba:
- No sé qué carajo pasa en este hospital con los celulares -miró el teléfono con cara de asco-. Tendré qué comprar otro, quizá...
Al girarse dio con Jun y Rena intentando limpiarse el zumo el uno al otro y a Carmen riendo, abanicándose con el Pronto.
- ¡Estoy sorprendida! -dijo entre carcajadas-. No sabía que le gustaran esas cosas, Moríte.
Lluvia fría.
martes, 27 de julio de 2010
#43
- Oye, Rena -dijo él.
- Dime.
- ¿A ti... te gusta tu vida?
Rena reflexionó un poco.
- No.
- Entonces... si pudieras cambiar tu vida por la alguien... ¿quién serías?
- Nadie -contestó ella rápidamente.
- ¿No?
- No.
Jun se irguió en la silla y se giró para observarla.
- Pero si has dicho que...
- Ya -le interrumpió. Tras una pequeña pausa en la que miró fugazmente por la ventana añadió, con una sonrisa torcida mientras se frotaba las piernas entumecidas:- Pero es mi vida. La mía. No quiero otra que no sea esta.
Él dirigió a su amiga una larga y titubeante mirada de comprensión.
Luego, ambos se levantaron y salieron de la habitación al oír el nombre de Michi Sawada.
Lluvia fría.
- Dime.
- ¿A ti... te gusta tu vida?
Rena reflexionó un poco.
- No.
- Entonces... si pudieras cambiar tu vida por la alguien... ¿quién serías?
- Nadie -contestó ella rápidamente.
- ¿No?
- No.
Jun se irguió en la silla y se giró para observarla.
- Pero si has dicho que...
- Ya -le interrumpió. Tras una pequeña pausa en la que miró fugazmente por la ventana añadió, con una sonrisa torcida mientras se frotaba las piernas entumecidas:- Pero es mi vida. La mía. No quiero otra que no sea esta.
Él dirigió a su amiga una larga y titubeante mirada de comprensión.
Luego, ambos se levantaron y salieron de la habitación al oír el nombre de Michi Sawada.
Lluvia fría.
viernes, 18 de junio de 2010
#27
- Gonzalo, calláte la boca ya, eh.
- Pero, ¿es que no lo ves? -replicó acércandose a Rena, que lo ignoraba completamente y seguía mirando por la ventana del pasillo, sentada, como siempre, en el alféizar-. No responde.
- ¿Y qué interés tenés en que te responda, si no hablás nada coherente?
- Eh, eh, eh -le desafió con el dedo índice erguido, pero Moretti lo miraba como si fuera estúpido-. Sin faltar.
Rena, desde las alturas, parecía estar en otro mundo. Al otro lado de la ventana había dejado de llover.
- ¿Lo ves? -insitía Gonzalo-. ¿Lo veeeeeeeeeees?
Empezó a hacer aspavientos delante de la muchacha, pero ésta no parecía notar nada.
- ¡Está catatónica, Rafa!
La expresión del doctor cambió un poco, se cruzó de brazos, apoyó su peso sobre una pierna y levantó una ceja, mirando algo por detrás de Gonzalo.
- ¿Qué pasa, qué haces, qué miras?
Moretti no contestó. Gonzalo se dio la vuelta y se encontró con el inexpresivo rostro de Rena a escasos centrímetros del suyo.
- .......¡AAAAAAAAAH! - se resbaló y se cayó sobre el suelo encerado.
Sin modificar un sólo rasgo de su expresión, Rena se enderezó, estiró la espalda y adoptó exactamente la misma postura que tenía en un principio. Moretti sonrió significativamente, metió las manos en los bolsillos de la bata y se alejó sin mirar a Gonzalo, que estaba en el suelo frotándose las posaderas.
Lluvia fría.
- Pero, ¿es que no lo ves? -replicó acércandose a Rena, que lo ignoraba completamente y seguía mirando por la ventana del pasillo, sentada, como siempre, en el alféizar-. No responde.
- ¿Y qué interés tenés en que te responda, si no hablás nada coherente?
- Eh, eh, eh -le desafió con el dedo índice erguido, pero Moretti lo miraba como si fuera estúpido-. Sin faltar.
Rena, desde las alturas, parecía estar en otro mundo. Al otro lado de la ventana había dejado de llover.
- ¿Lo ves? -insitía Gonzalo-. ¿Lo veeeeeeeeeees?
Empezó a hacer aspavientos delante de la muchacha, pero ésta no parecía notar nada.
- ¡Está catatónica, Rafa!
La expresión del doctor cambió un poco, se cruzó de brazos, apoyó su peso sobre una pierna y levantó una ceja, mirando algo por detrás de Gonzalo.
- ¿Qué pasa, qué haces, qué miras?
Moretti no contestó. Gonzalo se dio la vuelta y se encontró con el inexpresivo rostro de Rena a escasos centrímetros del suyo.
- .......¡AAAAAAAAAH! - se resbaló y se cayó sobre el suelo encerado.
Sin modificar un sólo rasgo de su expresión, Rena se enderezó, estiró la espalda y adoptó exactamente la misma postura que tenía en un principio. Moretti sonrió significativamente, metió las manos en los bolsillos de la bata y se alejó sin mirar a Gonzalo, que estaba en el suelo frotándose las posaderas.
Lluvia fría.
miércoles, 16 de junio de 2010
#26
Necesitaba hablar con alguien. Y, por estúpido que pareciera, deseaba hablar con ella precisamente, con la única persona que no podía responderle. Miró a Rena, que estaba sentada en el alféizar de la ventana, con los pies apoyados en un cojín, las piernas recogidas y la mirada perdida a través del cristal, que estaba salpicado por la lluvia. Aún no entendía por qué había elegido el mutismo como vía de escape a sus problemas, pero lo prefería al coma. Se dio cuenta de que, desde que la conoció, había pasado mucho tiempo con ella, sobretodo mientras no podía visitar a su hermana.
- Sabes, Rena.
No contestó, pero Jun siguió hablando.
- Cuando éramos más pequeños y vivíamos en Fukuoka, nuestra madre solía enfadarse con nosotros porque jugábamos dentro de la casa y temía que rompiéramos algo. Pero no queríamos salir al jardín durante el verano porque a Michi le dan miedo los insectos -sonrió. Un día, estábamos jugando en mi dormitorio y fingíamos ser gusanos de seda al enrollarnos en los edredones. Nuestra madre nos sorprendió y Michi logró escapar, pero a mí no me dio tiempo a salir del futón. Así que mi madre, sin darse cuenta, me metió en el armario junto con el resto de la ropa de cama -se rio débilmente-. No se dio cuenta hasta que no aparecí a la hora de la cena.
La miró jugazmente de nuevo, pero no se había movido ni un milímetro.
- Hace ya mucho tiempo de eso -dijo, con una sonrisa triste-. Catorce años, más o menos.
Entonces se fijó más en ella y, aunque seguía teniendo la mirada vidriosa y perdida, se podía adivinar un amago de sonrisa en su rostro, al que Jun respondió una mucho más amplia.
Lluvia fría.
- Sabes, Rena.
No contestó, pero Jun siguió hablando.
- Cuando éramos más pequeños y vivíamos en Fukuoka, nuestra madre solía enfadarse con nosotros porque jugábamos dentro de la casa y temía que rompiéramos algo. Pero no queríamos salir al jardín durante el verano porque a Michi le dan miedo los insectos -sonrió. Un día, estábamos jugando en mi dormitorio y fingíamos ser gusanos de seda al enrollarnos en los edredones. Nuestra madre nos sorprendió y Michi logró escapar, pero a mí no me dio tiempo a salir del futón. Así que mi madre, sin darse cuenta, me metió en el armario junto con el resto de la ropa de cama -se rio débilmente-. No se dio cuenta hasta que no aparecí a la hora de la cena.
La miró jugazmente de nuevo, pero no se había movido ni un milímetro.
- Hace ya mucho tiempo de eso -dijo, con una sonrisa triste-. Catorce años, más o menos.
Entonces se fijó más en ella y, aunque seguía teniendo la mirada vidriosa y perdida, se podía adivinar un amago de sonrisa en su rostro, al que Jun respondió una mucho más amplia.
Lluvia fría.
martes, 15 de junio de 2010
#23
- ¡Moretti, Moretti!
El aludido se giró con desgana hacia su compañero, aunque no tenía verdadero interés en lo que tenía que decirle.
- ¿Qué?
- Te traigo a una paciente, ¿eh? - hablaba rápidamente mientras conducía una silla de ruedas en la que iba sentada una niña de unos diez años- Se ha hecho daño jugando al fútbol. Necesita una radiografía. Encárgate tú, ¿eh? - le dio un amistoso golpe en el hombro que Rafael recibió sin que su expresión cambiara un ápice-. Hala, me voy a fumarme un piti.
Gonzalo se fue casi corriendo con sus característicos andares de paloma coja, dejando frente a su compañero a la niña en la silla de ruedas y a su madre, que se me abanicaba con una revista.
- ... Pelotudo.
Entonces, oyó el carraspeo la señora que estaba junto a su joven paciente. Totalmente inexpresivo, el doctor Moretti miró a la niña y a su madre, y preguntó, en el tono más diplomático que pudo:
- ¿Cuál es tu nombre? -sonrió con sinceridad.
- Se llama Concha -dijo la madre.
- Me gusta más Conchi -dijo la hija.
El doctor Moretti suspiró, miró al techo y respiró muy, muy profundamente.
- Conchi -dijo, mirando aún hacia arriba.
- ¿Algún problema, doctor? -preguntó la señora, un tanto confusa.
Rafael miró de nuevo a la madre, después, de nuevo a la hija. Se agachó, cogió la mano de la niña y le preguntó,con un tono levemente desesperado y una mueca:
- ¿Te importa si... te llamo... mmmh... Soledad?
Lluvia fría
El aludido se giró con desgana hacia su compañero, aunque no tenía verdadero interés en lo que tenía que decirle.
- ¿Qué?
- Te traigo a una paciente, ¿eh? - hablaba rápidamente mientras conducía una silla de ruedas en la que iba sentada una niña de unos diez años- Se ha hecho daño jugando al fútbol. Necesita una radiografía. Encárgate tú, ¿eh? - le dio un amistoso golpe en el hombro que Rafael recibió sin que su expresión cambiara un ápice-. Hala, me voy a fumarme un piti.
Gonzalo se fue casi corriendo con sus característicos andares de paloma coja, dejando frente a su compañero a la niña en la silla de ruedas y a su madre, que se me abanicaba con una revista.
- ... Pelotudo.
Entonces, oyó el carraspeo la señora que estaba junto a su joven paciente. Totalmente inexpresivo, el doctor Moretti miró a la niña y a su madre, y preguntó, en el tono más diplomático que pudo:
- ¿Cuál es tu nombre? -sonrió con sinceridad.
- Se llama Concha -dijo la madre.
- Me gusta más Conchi -dijo la hija.
El doctor Moretti suspiró, miró al techo y respiró muy, muy profundamente.
- Conchi -dijo, mirando aún hacia arriba.
- ¿Algún problema, doctor? -preguntó la señora, un tanto confusa.
Rafael miró de nuevo a la madre, después, de nuevo a la hija. Se agachó, cogió la mano de la niña y le preguntó,con un tono levemente desesperado y una mueca:
- ¿Te importa si... te llamo... mmmh... Soledad?
Lluvia fría
lunes, 7 de junio de 2010
#21
"No..."
Tumbada boca abajo, en la cama, sin tapar. La cabeza en el borde de la almohada, los ojos fijos en la pared.
"No... quiero"
La vía le escocía en la mano. Fuera llovía y el repiqueteo en la ventana la adormecía.
"...Se acabó"
Juagaba con los pliegues de la sábana bajera, distraída.
"Quiero... dormir"
Cerró los ojos y se apagó, sin llegar escuchar el histérico aviso de la maquina a la que estaba conectada.
Más tarde, dos médicos que no conocía:
- ¿Lo ha hecho a propósito?
- Sí, de nuevo.
- ¿Qué es esta vez?
- Coma.
Uno de los médicos suspiró.
- Un día se va a matar.
Lluvia fría.
sábado, 29 de mayo de 2010
#15
- Oiga, doctor Macizo, ¿cuántos años tiene?
- ¿Por qué lo pregunta, Ambrosia? - preguntó el doctor, sin ganas de contestar a otra pregunta estúpida.
- Por nada, hijo, por saberlo, por saberlo... Mi nieta tiene venticinco, ¿sabe? No hay mucho diferencia, a que no.
- Ambrosia...
- ¡Ande, Rafael, no sea especialito!
-...
-... ¿Y bien?
- Treinta y muy pocos,¡y no voy a especificar más, Ambrosia!
- ¡Ajá! No es tanto, y además parece usted mucho más joven. No le echo más de ventiocho...
El doctor suspiró, miró el reloj e hizo amago de marcharse.
- Vendré por la tarde. Si necesitan alguna cosa u ocurre algo de vital importancia, como que están a punto de morirse, llámenme. Si no, no -dijo a sus ancianas pacientes, medio en broma, medio en serio, pues le tenían ya hasta la coronilla.
- ¡Espere, espere...! -insistió Ambrosia.
- ¿QUÉEEEEE?
- ¿Cuántos me echa, doctor?
-.... DIECISÉIS LE ECHO, AMBROSIA. ESTÁ USTED CADA DÍA MÁS JOVEN Y TIENE MENOS ARRUGAS.
- Oioioioioioioi...
- ¿Feliz?
- Mucho.
- Pues adiós.
Y desapareció de la habitación raudo y veloz para impedir que alguna otra pregunta indiscreta llegara a sus oídos.
Lluvia fría
- ¿Por qué lo pregunta, Ambrosia? - preguntó el doctor, sin ganas de contestar a otra pregunta estúpida.
- Por nada, hijo, por saberlo, por saberlo... Mi nieta tiene venticinco, ¿sabe? No hay mucho diferencia, a que no.
- Ambrosia...
- ¡Ande, Rafael, no sea especialito!
-...
-... ¿Y bien?
- Treinta y muy pocos,¡y no voy a especificar más, Ambrosia!
- ¡Ajá! No es tanto, y además parece usted mucho más joven. No le echo más de ventiocho...
El doctor suspiró, miró el reloj e hizo amago de marcharse.
- Vendré por la tarde. Si necesitan alguna cosa u ocurre algo de vital importancia, como que están a punto de morirse, llámenme. Si no, no -dijo a sus ancianas pacientes, medio en broma, medio en serio, pues le tenían ya hasta la coronilla.
- ¡Espere, espere...! -insistió Ambrosia.
- ¿QUÉEEEEE?
- ¿Cuántos me echa, doctor?
-.... DIECISÉIS LE ECHO, AMBROSIA. ESTÁ USTED CADA DÍA MÁS JOVEN Y TIENE MENOS ARRUGAS.
- Oioioioioioioi...
- ¿Feliz?
- Mucho.
- Pues adiós.
Y desapareció de la habitación raudo y veloz para impedir que alguna otra pregunta indiscreta llegara a sus oídos.
Lluvia fría
jueves, 20 de mayo de 2010
#11
Al entrar, el aburrido doctor Moretti se encontró a todas sus pacientes en la habitación. Carmen viendo la televisión, Ambrosia haciendo punto, Rosario leyendo el Hola y Rena jugando a las damas con Jun en una mesita.
- Ah, estupendo -dijo el doctor-. Me viene fantástico que estén todas juntas hoy; me ahorran muchísimo tiempo... ¿A alguien le duele algo...? ¿La cabeza? ¿La barriga?
- Yo estoy bien, Moríte -dijo Carmen.
- Moretti.
- Eso.
- A mí me duele un poco la cabeza, ¿me pueden traer un Paracetamol? -dijo Ambrosia.
- Sí, claro. Se lo apunto a la enfermera, que no está -empezó a escribir en una libreta y siguió hablando sin levantar la mirada del papel-. ¿Rosario?
- Yo con usted no me hablo.
- Bien -contestó, arrancando el papel y metiendo la libreta en el bolsillo de la bata-, lo que sea me lo manda usted por fax.
- Ande y váyase por ahí.
Haciendo caso omiso a los rezongos de la anciana, se acercó a Rena, que estaba concentrada en la partida de damas, y llamó su atención con un cariñoso toque en el hombro.
- ¿Y vos? ¿Estás bien, Renata?
Ella le miró y respondió con rápidos asentimientos de cabeza.
- Magnífico. Ahora vendrá la enfermera con su Paracetamol, Ambrosia.
- Doctor -llamó Jun-. ¿Y mi hermana?
- Ah, Michi Sawada, ¿no? Bien, están haciéndole pruebas. Dentro de un rato la subirán a su habitación -respondió con una sonrisa.
Jun respondió con otra sonrisa mientras el doctor se marchaba, pero Ambrosia interrumpió:
- Espere, doctor Macizo.
Moretti se dio la vuelta con parsimonia.
- ¿Se acuerda de lo que le dije el otro día? ¿Que le iba a presentar a mi nieta? Es que le veo siempre tan aburrido y melancólico...
- No, Ambrosia por favor...
- ¡Que sí, que sí! Se llama Fátima. Anda por aquí hoy porque quiere hablar con usted...
Al tiempo, una chica joven, de unos 25 años, rubia de pelo corto y brillantes ojos azules, entró en la habitación y trató de llamar la atención del doctor.
- Ambrosia, déjese de tonterías... -empezó a decir Moretti.
- Hola -dijo la chica tímidamente-. Soy Fátima, la nieta de Ambrosia. Disculpa que te moleste, es que estoy haciendo un encuesta...
- ... no estoy aburrido...
- ... a inmigrantes que estudian en España y se quedan a vivir aquí y...
- ... ¡y no necesito ninguna chica!
- ¡Doctor! -insistió Fátima.
Él se giró hacia la joven y se vio engullido por la profundidad de sus ojos azules.
- ¿Qué...? Ehm... Eh... Ah... ¿Qué?
Se hizo el silencio.
- ¿Puedo hacerle algunas preguntas? - dijo Fátima, sonriendo.
- Sí - respondió, tajante, y con semblantes repentinamente serio.
Salieron de la habitación y se hizo de nuevo el silencio durante un momento.
- ... Le ha cazado -dijo Jun, con la cabeza apoyada en la mano derecha.
Rena sonrió y movió ficha.
Lluvia fría
- Ah, estupendo -dijo el doctor-. Me viene fantástico que estén todas juntas hoy; me ahorran muchísimo tiempo... ¿A alguien le duele algo...? ¿La cabeza? ¿La barriga?
- Yo estoy bien, Moríte -dijo Carmen.
- Moretti.
- Eso.
- A mí me duele un poco la cabeza, ¿me pueden traer un Paracetamol? -dijo Ambrosia.
- Sí, claro. Se lo apunto a la enfermera, que no está -empezó a escribir en una libreta y siguió hablando sin levantar la mirada del papel-. ¿Rosario?
- Yo con usted no me hablo.
- Bien -contestó, arrancando el papel y metiendo la libreta en el bolsillo de la bata-, lo que sea me lo manda usted por fax.
- Ande y váyase por ahí.
Haciendo caso omiso a los rezongos de la anciana, se acercó a Rena, que estaba concentrada en la partida de damas, y llamó su atención con un cariñoso toque en el hombro.
- ¿Y vos? ¿Estás bien, Renata?
Ella le miró y respondió con rápidos asentimientos de cabeza.
- Magnífico. Ahora vendrá la enfermera con su Paracetamol, Ambrosia.
- Doctor -llamó Jun-. ¿Y mi hermana?
- Ah, Michi Sawada, ¿no? Bien, están haciéndole pruebas. Dentro de un rato la subirán a su habitación -respondió con una sonrisa.
Jun respondió con otra sonrisa mientras el doctor se marchaba, pero Ambrosia interrumpió:
- Espere, doctor Macizo.
Moretti se dio la vuelta con parsimonia.
- ¿Se acuerda de lo que le dije el otro día? ¿Que le iba a presentar a mi nieta? Es que le veo siempre tan aburrido y melancólico...
- No, Ambrosia por favor...
- ¡Que sí, que sí! Se llama Fátima. Anda por aquí hoy porque quiere hablar con usted...
Al tiempo, una chica joven, de unos 25 años, rubia de pelo corto y brillantes ojos azules, entró en la habitación y trató de llamar la atención del doctor.
- Ambrosia, déjese de tonterías... -empezó a decir Moretti.
- Hola -dijo la chica tímidamente-. Soy Fátima, la nieta de Ambrosia. Disculpa que te moleste, es que estoy haciendo un encuesta...
- ... no estoy aburrido...
- ... a inmigrantes que estudian en España y se quedan a vivir aquí y...
- ... ¡y no necesito ninguna chica!
- ¡Doctor! -insistió Fátima.
Él se giró hacia la joven y se vio engullido por la profundidad de sus ojos azules.
- ¿Qué...? Ehm... Eh... Ah... ¿Qué?
Se hizo el silencio.
- ¿Puedo hacerle algunas preguntas? - dijo Fátima, sonriendo.
- Sí - respondió, tajante, y con semblantes repentinamente serio.
Salieron de la habitación y se hizo de nuevo el silencio durante un momento.
- ... Le ha cazado -dijo Jun, con la cabeza apoyada en la mano derecha.
Rena sonrió y movió ficha.
Lluvia fría
domingo, 16 de mayo de 2010
#10
- Eres un quejica, Rafa, no me jodas. Son sólo tres viejas aburridas, no lo hacen con mala baba.
- No me llames Rafa.
- Ah, qué especialito, doctor Moretti.
- ¡Es Morit... Mo...rit...! Ehm..............
-...
-...
- ¡JÁ! ¡JÁ! ¡JÁ!
- Bah, vete a la mierda.
- ¡JÁ! Eso es lo más español que has dicho en todo el día.
Lluvia fría
- No me llames Rafa.
- Ah, qué especialito, doctor Moretti.
- ¡Es Morit... Mo...rit...! Ehm..............
-...
-...
- ¡JÁ! ¡JÁ! ¡JÁ!
- Bah, vete a la mierda.
- ¡JÁ! Eso es lo más español que has dicho en todo el día.
Lluvia fría
sábado, 15 de mayo de 2010
#9
En su adinerada familia, él era el "guapo". No esperaban nada más de él. Sólo que fuera el "guapo". Por supuesto, no alcanzaban a pensar que algún día Rafael Moretti cruzaría el charco en un vuelo de low-cost bastante cutre, ni que estudiaría medicina en la mejor universidad pública de Madrid ni que, a fin de cuentas, se hiciera con un trabajo en un hospital. Y no en un hospital mediocre, sino en el Santa Isabel de la Palma.
Cuando era niño, Rafael se pasaba horas en el patio de su casa en algún lugar de Buenos Aires, contruyendo con su vecino circuitos de carreras con trozos de madera de colores y haciendo correr por ellos decenas de canicas, hasta que el ama de llaves las pisaba, se resbalaba y les echaba de allí a porrazo limpio. Luego, subía a su habitación y se asomaba al patio de luces a espiar a su joven vecina, de la que decía estar enamorado.
Nunca le han gustado las fresas, los frutos secos le dan alergia y decía que si un día se perdía le buscaran en un lago de chocolate blanco y yogur griego.
Al cumplir quince años, empezó a dejarse crecer el pelo. Y como "guapo" que era, le crecía liso y lustroso. Ese mismo año, desarrolló su afición por la música estridente, el rock y el metal en todas sus variantes, sin dejar de lado su amor y su devoción por las clases de piano. Así pues, comenzó a tocar la batería.
Las chicas le llovían desde el primer día, pero su vecina seguía sin hacerle caso.
En su instituto de pitiminí, bilingüe y de pago, se especializó en las ciencias pero adoraba la clase de Arte. Practicaba todos los deportes practicables, en especial el hockey y el arte de esquivar muchachas hormonadas en la puerta de... de cualquier sitio.
En el último año de insituto, Rafael le dijo a su padre "Papá, quiero vivir en Europa y ser médico". Su padre se rió reposadamente, le revolvió la melena y se alejó sin decir una palabra. Tras el último año de instituto, Rafael hizo las maletas, se atrevió a besar a su alucinada vecina, que por aquel entonces tenía un novio americano (porque, total, no la iba a volver a ver más), voló hacia España en el avión más cochambroso que había visto en su vida e inció su vida de estudiante universitario como Dios manda: sin un duro.
Bastantes años después de eso, con su carrera, su MIR y sus flautas casi terminadas, es casi un señor doctor del Hospital Universitario Santa Isabel de la Palma. El eslabón perdido, la oveja negra de la familia, el último mono de la cadena hospitalaria, pero casi feliz; aunque en su primer año esté a cargo de una niña loca envuelta en un asesinato y de tres abuelas que le desean la muerte cada vez que lo ven, sin darse cuenta, al llamarle Moríte en lugar de Moretti.
...
El resto, cuando acabe la historia y en los fragmentos que se nos vayan cayendo de vez en cuando.
Lluvia fría
Cuando era niño, Rafael se pasaba horas en el patio de su casa en algún lugar de Buenos Aires, contruyendo con su vecino circuitos de carreras con trozos de madera de colores y haciendo correr por ellos decenas de canicas, hasta que el ama de llaves las pisaba, se resbalaba y les echaba de allí a porrazo limpio. Luego, subía a su habitación y se asomaba al patio de luces a espiar a su joven vecina, de la que decía estar enamorado.
Nunca le han gustado las fresas, los frutos secos le dan alergia y decía que si un día se perdía le buscaran en un lago de chocolate blanco y yogur griego.
Al cumplir quince años, empezó a dejarse crecer el pelo. Y como "guapo" que era, le crecía liso y lustroso. Ese mismo año, desarrolló su afición por la música estridente, el rock y el metal en todas sus variantes, sin dejar de lado su amor y su devoción por las clases de piano. Así pues, comenzó a tocar la batería.
Las chicas le llovían desde el primer día, pero su vecina seguía sin hacerle caso.
En su instituto de pitiminí, bilingüe y de pago, se especializó en las ciencias pero adoraba la clase de Arte. Practicaba todos los deportes practicables, en especial el hockey y el arte de esquivar muchachas hormonadas en la puerta de... de cualquier sitio.
En el último año de insituto, Rafael le dijo a su padre "Papá, quiero vivir en Europa y ser médico". Su padre se rió reposadamente, le revolvió la melena y se alejó sin decir una palabra. Tras el último año de instituto, Rafael hizo las maletas, se atrevió a besar a su alucinada vecina, que por aquel entonces tenía un novio americano (porque, total, no la iba a volver a ver más), voló hacia España en el avión más cochambroso que había visto en su vida e inció su vida de estudiante universitario como Dios manda: sin un duro.
Bastantes años después de eso, con su carrera, su MIR y sus flautas casi terminadas, es casi un señor doctor del Hospital Universitario Santa Isabel de la Palma. El eslabón perdido, la oveja negra de la familia, el último mono de la cadena hospitalaria, pero casi feliz; aunque en su primer año esté a cargo de una niña loca envuelta en un asesinato y de tres abuelas que le desean la muerte cada vez que lo ven, sin darse cuenta, al llamarle Moríte en lugar de Moretti.
...
El resto, cuando acabe la historia y en los fragmentos que se nos vayan cayendo de vez en cuando.
Lluvia fría
miércoles, 5 de mayo de 2010
#2
El doctor Moretti y el inspector entraron en la habitación de las Supernenas. Allí estaban las tres, Ambrosia y Carmen jugando al parchís, Rosario comiéndose un yogur y el marido de ésta leyendo el Marca.
- Señoras... - se aventuró el doctor-. El inspector Rodríguez quiere hacerles unas preguntas...
- ¿Unas preguntas sobre qué? - dijo Ambrosia, agitando el cubilete.
- Sobre la niña...
- ¿Qué niña? - dijo Carmen.
- Pues la niña... la loca.
- ¿Qué loca? - dijo Ambrosia.
- Señoras, señoras... - interrumpió el inspector-. Se trata de una joven que está aquí internada, como ustedes. Se llama Renata Gutiérrez. ¿Podrían hablarme ustedes sobre ella?
- ¡Oh! Esa chiquilla... - dijo Carmen-. Debe de haber un error. Esa pobrecilla no está loca, tiene un desorden gastrointestinal, ¿sabe? Por eso lleva aquí tanto tiempo...
- Me temo que se equivoca usted... ¿cómo se llama?
- Carmen.
- Sí, doña Carmen, eso. Esta muchacha, lo que tiene es un desorden mental. ¡Está loca! No sé si lo sabe pero ha pasado por una experiencia traumática y ¡ha matado a un hombre! Comprenderá que la cosa no puede quedar así; Tiene que ingresar de inmediato en un centro psiquiátrico y...
- ¡¿Loca?! - gritó de pronto Rosario, que con el impulso hizo volar por los aires la cuchara manchada de yogur-. ¿Loca ha dicho usted? ¡¿Pero usted qué se ha creído?!
La anciana mujer se levantó de golpe y el yogur se derramó por su camisón. Su marido acudió rápidamente a limpiar la mancha pero ella lo rechazó con el bastón.
- ¡¿Cómo se atreve...?! ¡Asesina, dice...! - exclamó, apróximandose al doctor y al inspector, que estaban en la puerta.
- Charito, Charito, ven aquí, acábate el postre... - la llamaba su encorvado marido.
- ¡Tú cállate! - y se volvió al doctor-. ¿Asesina...? ¡Asesinos ustedes, panda de matasanos! ¡Y ustedes, -refiriendose al inspector Rodríguez- atajo de vampiros son ustedes!
- Rosario, ande, siéntese y termine de comer... - dijo el doctor con voz cansina.
- ¡Quíteme las manos de encima, Moríte!
- Es Moretti... - contestó el joven doctor con la misma voz aburrida y desganada, mientras la señora atravesaba la puerta y se iba por el pasillo, cojeando de la rodilla mala.
- ¡Un manicomio dice! - se la oía exclamar en el pasillo-. ¡Un manicomio, el asustaviejas del doctor argentino de los pelos largos! ¡Já!
En la habitación, mientras Rosario iba dando berridos por el corredor, Ambrosia y Carmen seguían con los cubiletes en la mano, el tablero sobre su regazo, el marido de Rosario aprensurándose a salir tras ella, el inspector Rodríguez impresionado, y el doctor Moretti aburrido.
- ¿Ha visto usted, doctor Macizo? - dijo Ambrosia con voz suave-. Aquí la única que está de manicomio es Rosario...
Agitó el cubileté y tiró el dado.
- ¡Ah, Carmen, te como! Cuento veinte.
- ¡Oh, canastos!
Lluvia fría
- Señoras... - se aventuró el doctor-. El inspector Rodríguez quiere hacerles unas preguntas...
- ¿Unas preguntas sobre qué? - dijo Ambrosia, agitando el cubilete.
- Sobre la niña...
- ¿Qué niña? - dijo Carmen.
- Pues la niña... la loca.
- ¿Qué loca? - dijo Ambrosia.
- Señoras, señoras... - interrumpió el inspector-. Se trata de una joven que está aquí internada, como ustedes. Se llama Renata Gutiérrez. ¿Podrían hablarme ustedes sobre ella?
- ¡Oh! Esa chiquilla... - dijo Carmen-. Debe de haber un error. Esa pobrecilla no está loca, tiene un desorden gastrointestinal, ¿sabe? Por eso lleva aquí tanto tiempo...
- Me temo que se equivoca usted... ¿cómo se llama?
- Carmen.
- Sí, doña Carmen, eso. Esta muchacha, lo que tiene es un desorden mental. ¡Está loca! No sé si lo sabe pero ha pasado por una experiencia traumática y ¡ha matado a un hombre! Comprenderá que la cosa no puede quedar así; Tiene que ingresar de inmediato en un centro psiquiátrico y...
- ¡¿Loca?! - gritó de pronto Rosario, que con el impulso hizo volar por los aires la cuchara manchada de yogur-. ¿Loca ha dicho usted? ¡¿Pero usted qué se ha creído?!
La anciana mujer se levantó de golpe y el yogur se derramó por su camisón. Su marido acudió rápidamente a limpiar la mancha pero ella lo rechazó con el bastón.
- ¡¿Cómo se atreve...?! ¡Asesina, dice...! - exclamó, apróximandose al doctor y al inspector, que estaban en la puerta.
- Charito, Charito, ven aquí, acábate el postre... - la llamaba su encorvado marido.
- ¡Tú cállate! - y se volvió al doctor-. ¿Asesina...? ¡Asesinos ustedes, panda de matasanos! ¡Y ustedes, -refiriendose al inspector Rodríguez- atajo de vampiros son ustedes!
- Rosario, ande, siéntese y termine de comer... - dijo el doctor con voz cansina.
- ¡Quíteme las manos de encima, Moríte!
- Es Moretti... - contestó el joven doctor con la misma voz aburrida y desganada, mientras la señora atravesaba la puerta y se iba por el pasillo, cojeando de la rodilla mala.
- ¡Un manicomio dice! - se la oía exclamar en el pasillo-. ¡Un manicomio, el asustaviejas del doctor argentino de los pelos largos! ¡Já!
En la habitación, mientras Rosario iba dando berridos por el corredor, Ambrosia y Carmen seguían con los cubiletes en la mano, el tablero sobre su regazo, el marido de Rosario aprensurándose a salir tras ella, el inspector Rodríguez impresionado, y el doctor Moretti aburrido.
- ¿Ha visto usted, doctor Macizo? - dijo Ambrosia con voz suave-. Aquí la única que está de manicomio es Rosario...
Agitó el cubileté y tiró el dado.
- ¡Ah, Carmen, te como! Cuento veinte.
- ¡Oh, canastos!
Lluvia fría
lunes, 3 de mayo de 2010
#1
- ¡¿Pero cómo se te ocurre confiar en ella?! -le gritó a su tía-. En ella, una interesada, una... una... ¡comadreja! ¡Eso es lo que es! ¡Rastrera! ¡Asquerosa y sucia hetaira!
Indignado, cogió la puerta y se marchó con la cabeza bien alta y las aletas de la nariz bien abiertas.
Alberto le preguntó a su primo:
- ... ¿Qué ha dicho?
- Que es puta.
- Ah, vale.
Lluvia fría.
Indignado, cogió la puerta y se marchó con la cabeza bien alta y las aletas de la nariz bien abiertas.
Alberto le preguntó a su primo:
- ... ¿Qué ha dicho?
- Que es puta.
- Ah, vale.
Lluvia fría.
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