- Según las enseñanzas de mi madre, los mar'heret-nir, las más Altas Almas, eligen un enlace en el mundo terrenal, a través del cual son capaces de interactuar en la naturaleza o cualquier otro asunto para el que sus invocadores los necesiten.
- Correcto -afirmó Irýth-.
- Entonces... ¿cuál es el criterio para elegir a ese enlace? ¿Acaso los mar'heret-nir se materializan en el mundo terrenal y al cruzarse con un Santo dicen "Eh, tú, el del chaleco verde..." - Vaahl señaló una enorme roca cubierta de musgo- "Me gustas. Serás mi enlace".
Irýth rió.
- Pues no lo sé. Nunca he sido Santo ni Alta Alma.
- Depende del Alma -dijo Echo en voz baja, saliendo de la cabaña, con mucho sueño encima-.
- Ah, estás despierta -sonrió Vaahl, acariciándole el pelo mientras se sentaba a su lado-.
- Con este gallinero no hay quien duerma -la pequeña se arrebujó bajo las mantas y se frotó los ojos con morriña.
Vaahl hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa irónica.
- Cada día te pareces más a Erva -sentenció.
- Gracias.
- ¿Qué es eso de que depende del Alma, Echo? - interrumpió Irýth, curiosa-.
- ¡Ah! Pues... eso, que el criterio de elección de un enlace varía de un mar'heret-nir a otro. Cuando una Alta Alma te elige, normalmente te explica por qué. Por ejemplo, Feng me eligió a mí porque, según él, me parezco mucho a su hermana pequeña, a la que quería muchísimo en vida. Y Erva me contó que Howl la escogió porque se sentía identificado con ella y se veía a sí mismo en sus pensamientos y acciones.
Los tres observaron el cielo, pensando sobre ello, hasta que Irýth rompió el silencio.
- Entonces... ¿por qué ella eligió a Lucius?
Al ver que ninguno respondía, agregó, medio en broma:
- Igual estaba enamorada de él.
Vaahl bufó.
- No creo -dijo-.
- Es poco probable -afirmó Echo-.
- Ya, era un chiste... Pero tiene sentido, ¿no? Quiero decir, que ella siempre le defendía cuando nos metíamos con él, e incluso se veían a escondidas...
- ... Para que él nos diera información y comida -completó al metamorfo-. Sí, terriblemente romántico.
- Sí, bueno...
- El hecho de que él estuviera hasta las trancas por ella no significa que fuera recíproco, Ir.
- Ya, pero...
- Podría haberlo sido -dijo Echo, haciendo el silencio-. Podría haber sido recíproco.
Irýth miró a su amiga con atención, esperando a que revelara más, pero Vaahl se giró en el suelo y les dio la espalda, malhumorado.
- Ya estamos otra vez con los misterios, maldita sea... -se quejó-. Suéltalo de una vez, Echo, sabemos que lo estás deseando.
La pequeña sonrió con tristeza.
- Erva eligió a Lucius Vaistlen como enlace porque se sentía tremendamente agradecida. Y culpable. Erva sabía lo que él sentía por ella y de algún modo se aprovechó, por el bien de todos nosotros, incluso por el de ellos dos. Sin la ayuda de Lucius, el ejército nos habría encontrado y ejecutado enseguida, pero él nos ayudó a escapar sin que nosotros cuatro nos diéramos cuenta. Sólo Erva lo sabía y continuaba con la farsa.
- Entonces, ¿nos estás diciendo que le escogió para compensar el daño que le había hecho al aprovecharse de su afecto?
- No exactamente. Ella tenía miedo.
- ¿Miedo?
- Sí, tenía miedo. A las personas. Confiaba en nosotros porque éramos sus amigos y, a nuestro lado, confiaba en sí misma. No lo sé a ciencia cierta porque nunca me lo dijo, pero creo que ella misma bloqueó cualquier afecto hacia nuestro inmaculado amigo porque tenía miedo de corresponder sus sentimientos.
Irýth no supo qué responder. Sólo sentía repentina lástima por su amiga. Más de una vez había sospechado que pretendía algo con Vaahl, cuando la realidad era justamente lo contrario. Y se sintió culpable.
- Yo... no lo sabía...
- Pobre mujer -susurró Vaahl-.
- Pero... ¿por qué? Erva no conocía el amor. ¡Ella misma me lo dijo! ¿Por qué no aprovechar la ocasión de sentir algo por alguien... al menos una vez en la vida?
- Es sencillo -continuó-. Erva sabía cuál era su destino. Lo supo desde que Howl la convirtió en su enlace, poco después de luchar con Lucius en la llanura. Por eso tenía miedo. Le aterraba pensar que podía fallar en su misión. Imagínalo... Imagina que justo cuando sientes algo tan maravilloso como eso, los designios del sino te lo arrebatan. Imagina estar en la piel de Erva. Imagina tener que pedir al ser amado que te ayude a morir para salvar el mundo.
La maga ya había empezado a llorar en silencio y Vaahl la abrazó.
- Entonces nuestro y albo y pomposo general debe de estar contento, ¿no? -bromeó lánguidamente el metamorfo-. Ahora la tiene para él solito.
- La relación del mar'heret-nir con su mar'hem enlace es indudablemente estrecha y afectuosa, pero nunca llegaría a estadios concretos que se alcanzan en relaciones humanas... No sé si me explico.
- Te explicas muy bien. ¡No pienses en esas cosas, niña! Que aún no tienes edad.
Echo desvió la mirada y se sonrojó.
- No iba en serio...
No contestó.
Cuando Irýth consiguió serenarse, sólo fue capaz de decir:
- Bueno... algo es algo -rió-. Espero que estén bien. Los dos.
Samos, o la historia de la niña de diez años con más madurez mental que un hombretón de veinticinco.
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sábado, 25 de junio de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
#61
- ¿Sabes? El otro día vimos a tu prima, Aria.
No obtuvo respuesta.
- Se acuerda mucho de ti. Me estuvo contando que...
Un golpe seco sobre la hierba la interrumpió. Al girarse, halló junto a sus armas una bolsa de tela llena de comida, pero Vaistlen se había ido. Recogió la bolsa y sus espadas y se marchó, riendo en su interior.
Samos.
No obtuvo respuesta.
- Se acuerda mucho de ti. Me estuvo contando que...
Un golpe seco sobre la hierba la interrumpió. Al girarse, halló junto a sus armas una bolsa de tela llena de comida, pero Vaistlen se había ido. Recogió la bolsa y sus espadas y se marchó, riendo en su interior.
Samos.
sábado, 27 de noviembre de 2010
#60
"Ahora, cada vez que miro en el espejo, la veo detrás de mí. Y es tan real que siento como si pudiera estirar el brazo, introducirme en el espejo y ser capaz de tocarla al otro lado. Sin embargo, cuando doy media vuelta la ilusión desaparece y vuelvo a encontrarme solo en la habitación.
Siempre noto que está cerca. Siempre, desde aquel día. Su presencia latente e invisible me desespera y me embelesa. Me complace verla, sentirla y saber que vela por mí; pero me desgarra el alma la certeza de que no puedo alcanzarla.
Pero, mientras esté en mi interior y su corazón lata al mismo ritmo que el mío, me sentiré entero y completo, capaz de cumplir la nueva misión que se me ha encomendado. Gracias a ella he recordado lo que significa estar vivo. Ella me hace sentir vivo."
Samos.
Siempre noto que está cerca. Siempre, desde aquel día. Su presencia latente e invisible me desespera y me embelesa. Me complace verla, sentirla y saber que vela por mí; pero me desgarra el alma la certeza de que no puedo alcanzarla.
Pero, mientras esté en mi interior y su corazón lata al mismo ritmo que el mío, me sentiré entero y completo, capaz de cumplir la nueva misión que se me ha encomendado. Gracias a ella he recordado lo que significa estar vivo. Ella me hace sentir vivo."
Samos.
martes, 9 de noviembre de 2010
#59
- Ah, oye.
- ¿Mmh?
- ¿Cuándo piensas contarle a Irýth lo que sientes?
Sin quererlo, rompió la rama por la mitad con un crujido y alzó la mirada.
- ¿Disculpa?
Erva no dijo una palabra y sólo se escuchaba el crepitar de las llamas entre ellos. Vaahl arrojó la rama partida al fuego con desgana.
- No sé... No sé qué hacer... Y... ¡no me mires así, Erva! Me pones nervioso.
Ella rió suavemente.
- Perdona.
- No sé que hacer -repitió, tumbándose sobre la manta de hojas secas-. Pienso que si le digo algo... lo que sea... me va a cruzar la cara; Bien porque le parezca una locura que un... -rió con amargura- un... un monstruo como yo quiera estar con ella, o bien porque una declaración de amor a estas alturas le suene a... despedida.
- Nadie va a morir -se apresuró a asegurar-. No os lo permito.
Él rió con tristeza, la vista fija en las estrellas.
- Ya -se limitó a decir-. ¿Tú qué piensas?
- ¿Yo?
- ¿Ves a alguien más aquí?
Le lanzó una piña que le acertó de lleno en la nuez y él se la devolvío con un gruñido, pero falló.
- Pues yo pienso... -comenzó a responder en tono condescendiente- que si no haceis algo pronto, Leet y yo tendremos que tomar cartas en el asunto. Y no dejaremos títere con cabeza, te lo aseguro -Vaahl se incorporó sobre los codos y la miró con una mezcla de pánico e incertidumbre. Ella sonrió y continuó-. Ahora, en serio... Creo que pase lo que pase en un futuro, ganemos o perdamos, vivamos o caigamos, hay cosas que deben ser dichas. Nunca hay un mal momento para decirle a una persona que la amas. Y creo que, en caso de que ocurra lo peor... si no le dices lo que sientes, probablemente... te arrepentirás.
Dicho esto, se hizo el silencio. El sonido de la leña ardiendo y el ruido del bosque los envolvió, a cada uno en sus pensamientos. Al poco rato Vaahl se levantó de un salto con un brillo de determinación en los ojos.
- ¿Sabes qué? -le dijo a Erva mientras un rayo caía teatralmente tras él-.
- ¿Mmh?
- Te daría un beso ahora mismo -se acercó a su amiga, que seguía sentada, sostuvo su cabeza entre las manos y le plantó un beso en la coronilla.
- ¡Eh, eh! -le apartó a manotazos-. Guárdate esos mimos para quien los quiera.
Ambos sonrieron secretamente, él le revolvió el pelo a ella y se adentró en el bosque mientras reía en voz baja.
- Arpía...
- ¿Mmh?
- ¿Cuándo piensas contarle a Irýth lo que sientes?
Sin quererlo, rompió la rama por la mitad con un crujido y alzó la mirada.
- ¿Disculpa?
Erva no dijo una palabra y sólo se escuchaba el crepitar de las llamas entre ellos. Vaahl arrojó la rama partida al fuego con desgana.
- No sé... No sé qué hacer... Y... ¡no me mires así, Erva! Me pones nervioso.
Ella rió suavemente.
- Perdona.
- No sé que hacer -repitió, tumbándose sobre la manta de hojas secas-. Pienso que si le digo algo... lo que sea... me va a cruzar la cara; Bien porque le parezca una locura que un... -rió con amargura- un... un monstruo como yo quiera estar con ella, o bien porque una declaración de amor a estas alturas le suene a... despedida.
- Nadie va a morir -se apresuró a asegurar-. No os lo permito.
Él rió con tristeza, la vista fija en las estrellas.
- Ya -se limitó a decir-. ¿Tú qué piensas?
- ¿Yo?
- ¿Ves a alguien más aquí?
Le lanzó una piña que le acertó de lleno en la nuez y él se la devolvío con un gruñido, pero falló.
- Pues yo pienso... -comenzó a responder en tono condescendiente- que si no haceis algo pronto, Leet y yo tendremos que tomar cartas en el asunto. Y no dejaremos títere con cabeza, te lo aseguro -Vaahl se incorporó sobre los codos y la miró con una mezcla de pánico e incertidumbre. Ella sonrió y continuó-. Ahora, en serio... Creo que pase lo que pase en un futuro, ganemos o perdamos, vivamos o caigamos, hay cosas que deben ser dichas. Nunca hay un mal momento para decirle a una persona que la amas. Y creo que, en caso de que ocurra lo peor... si no le dices lo que sientes, probablemente... te arrepentirás.
Dicho esto, se hizo el silencio. El sonido de la leña ardiendo y el ruido del bosque los envolvió, a cada uno en sus pensamientos. Al poco rato Vaahl se levantó de un salto con un brillo de determinación en los ojos.
- ¿Sabes qué? -le dijo a Erva mientras un rayo caía teatralmente tras él-.
- ¿Mmh?
- Te daría un beso ahora mismo -se acercó a su amiga, que seguía sentada, sostuvo su cabeza entre las manos y le plantó un beso en la coronilla.
- ¡Eh, eh! -le apartó a manotazos-. Guárdate esos mimos para quien los quiera.
Ambos sonrieron secretamente, él le revolvió el pelo a ella y se adentró en el bosque mientras reía en voz baja.
- Arpía...
martes, 26 de octubre de 2010
#57
- Pero si es cierto lo que dices, que ha estado siempre velando por nosotros aun si no tuvimos noticia de ello, ¿qué hace medio ejército aquí, entonces?
- Ellos vienen con él.
- ¿Y él, Echo? ¿A qué ha venido?
- Eso es lo intrigante.
Todos escucharon con atención sus pausados susurros.
- Es interesante que, después de todo lo que ha hecho por ella y por nosotros -continuó-, haya venido a verla y a dejarla morir.
Samos.
- Ellos vienen con él.
- ¿Y él, Echo? ¿A qué ha venido?
- Eso es lo intrigante.
Todos escucharon con atención sus pausados susurros.
- Es interesante que, después de todo lo que ha hecho por ella y por nosotros -continuó-, haya venido a verla y a dejarla morir.
Samos.
sábado, 23 de octubre de 2010
#56
El polvo iluminado por la luz que se cuela entre las cortinas. Formas, apenas visibles, de los muebles del estrecho dormitorio; la cómoda, el desvencijado armario, el escritorio, la ropa amontonada en el respaldo de la silla y la puerta de barniz desconchado.
El calor de las mantas, el peso de los párpados y el íntimo placer de la semiinconsciencia, el sueño.
Parecía que iba a caer de nuevo, pero el sonido de pasos firmes, cada vez más cercanos, se lo impidió. En la oscuridad, aguzó el oído, medio dormido. Unos toques secos en la puerta le sobresaltaron y se revolvió bajo la sábana. Finalmente la puerta se abrió, pero el pasillo estaba en penumbra. Sólo acertó a distinguir unas botas femeninas bajo retazos de un vestido y el reflejo anaranjado de lo que parecía ser una cabellera rizada.
- Leet -dijo una voz-, ¿estás despierto?
No contestó, tratando de identificar la voz y despejarse. La voz se impacientó.
- ¿Leet?
- Sí -consiguió murmurar-.
- Date prisa. Tenemos que irnos ya, te estamos esperando.
- Mmmh... -intentó despertarse del todo con un profundo suspiro y contestó, despacio-. De acuerdo. Gracias, Irýth.
Las botas, el vestido y la cabellera anaranjada desaparecieron del umbral de la puerta y los pasos se alejaron hasta que no pudo escucharlos. Se incorporó suavemente apoyado en una mano, frotándose los ojos con la otra. No había manera de deshacerse de ese sopor pegajoso, así que corrió la cortina y dejó entrar la luz, que lo cegó al principio, pero que le mostró después el bullicioso caos de la ciudad de Ülerm. Era mediodía.
Samos.
El calor de las mantas, el peso de los párpados y el íntimo placer de la semiinconsciencia, el sueño.
Parecía que iba a caer de nuevo, pero el sonido de pasos firmes, cada vez más cercanos, se lo impidió. En la oscuridad, aguzó el oído, medio dormido. Unos toques secos en la puerta le sobresaltaron y se revolvió bajo la sábana. Finalmente la puerta se abrió, pero el pasillo estaba en penumbra. Sólo acertó a distinguir unas botas femeninas bajo retazos de un vestido y el reflejo anaranjado de lo que parecía ser una cabellera rizada.
- Leet -dijo una voz-, ¿estás despierto?
No contestó, tratando de identificar la voz y despejarse. La voz se impacientó.
- ¿Leet?
- Sí -consiguió murmurar-.
- Date prisa. Tenemos que irnos ya, te estamos esperando.
- Mmmh... -intentó despertarse del todo con un profundo suspiro y contestó, despacio-. De acuerdo. Gracias, Irýth.
Las botas, el vestido y la cabellera anaranjada desaparecieron del umbral de la puerta y los pasos se alejaron hasta que no pudo escucharlos. Se incorporó suavemente apoyado en una mano, frotándose los ojos con la otra. No había manera de deshacerse de ese sopor pegajoso, así que corrió la cortina y dejó entrar la luz, que lo cegó al principio, pero que le mostró después el bullicioso caos de la ciudad de Ülerm. Era mediodía.
Samos.
jueves, 21 de octubre de 2010
#55
[...] Pero a pesar de todo y de la injusticia que supone la muerte de alguien como ella, al menos, conseguí tenerla a mi lado. Tal vez no como yo la deseaba, pero está aquí, conmigo.
Samos.
Samos.
viernes, 3 de septiembre de 2010
#51
Cuando levantaron la nariz del mapa, se encontraron a sí mismos en una pasarela de madera sobre el agua. El lago era tan inmenso que podía confundirse con el mar, puesto que apenas se divisaba tierra firme en el horizonte.
- Bien -ironizó Irýth-. Entonces... ¿dónde se supone que está el templo?
Todos se miraron interrogantes e inseguros, menos Erva.
- Ahí -dijo, señalando al agua con la cabeza, mientras doblaba el mapa y Leet observaba su expresión pensando que estaba loca.
- ¿Bajo el agua? -preguntó, incrédulo-. ¿Sabes la profundidad que tiene este lago? Creo que si me hundo lo suficiente podría salir en Carav'hia.
Ella se encogió de hombros.
- En realidad es posible que esté aquí, teniendo en cuenta lo que dice la leyenda: El valle se inundó cuando nació el maar'heret-nir de agua -la defendió Vaahl-.
- De todas maneras, no tengo capacidad pulmonar ni velocidad suficiente para llegar a tocar ni siquiera la cúpula del templo antes de ahogarme.
- Es verdad -se quejó Irýth-. ¿Cómo va a llegar hasta allá abajo?
Los cuatro se quedaron mudos y absortos en sus pensamientos, observando fijamente el atardecer sobre el agua como si la luz aranjada fuera a darles la respuesta.
- ¿Eso que veo ahí son delfines? -preguntó Vaahl con aparente indiferencia-.
- Sí -contestaron los otros al unísono, viendo cuatro cetáceos jugar cerca de la superficie-.
- Pues ya está.
Vaahl rompió el contacto visual con la luz, lo que provocó que sus compañeros hicieran lo mismo. Leet pensó un momento y pareció entender lo que su amigo quería decir. Luego se quitó las botas y todo lo que llevaba de cintura para arriba, preparado para sumergirse.
- ¿Qué estás haciendo? -preguntó Irýth con el ceño fruncido. Luego reparó en que Vaahl también se estaba quitando la ropa, sólo que él se estaba quedando completamente desnudo-. ¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!
- ¿A tí qué te parece? - replicó con una sonrisa, mientras depositaba toda su ropa en los brazos de Erva.
Justo después se zambulló en el lago y nadaba hacia los delfines. En pocos segundos regresó a la pasarela un precioso ejemplar con una oscura cicatriz sobre una aleta. Leet se tiró de cabeza al agua, se agarró a las aletas del delfín y juntos desaparecieron mientras nadaban hacia el fondo. Irýth lo comprendió entonces: Vaahl había entrado en contacto con los delfines para poder convertirse en uno de ellos y poder llevar a Leet hasta el templo mucho más rápido. Sólo se había quitado la ropa para evitar que se rompiera, estropeada y mojara con la transformación. Este pensamiento hizo que se sonrojara tanto que sus mejillas eran del mismo color que su pelo. Como si estuviera leyendo su pensamiento, Erva sonrió intentando retener una carcajada. Luego se quitó las botas y se sentó al borde de la pasarela, metiendo los pies en el agua. Irýth se unió a ella con desgana, enfadada consigo misma por ser tan estúpida, con Vaahl por ser tan descarado y con Erva por reírse.
- No me parece bien -sentenció.
Erva, que estaba doblando cuidadosamente la ropa, la miró con curiosidad.
- ¿No se da cuenta? -continuó-. Hay mujeres delante y... ¡no me parece bien! Es de mala educación.
Su compañera volvió a reírse y ella se sonrojó aún más.
- ¡¿Es que no te importa?!
Erva se encogió de hombros por segunda vez.
- No iba a ver nada que no hubiera visto ya.
Irýth abrió los ojos como platos y se bloqueó. Su rubor adquirió un todo morado mientras miraba atónita a su amiga.
- ¡¿Quieres decir que... que tú y...?! - tartamudeó -. ¡¡No me lo puedo creer!! ¡No puedo creer que no me lo hayas dicho! Creía que eramos amigas y tú sabes que yo.. ¡¡No me lo puedo creer!!
La sonrisa de Erva se hizo cada vez más amplia al pensar en lo absurdo del asunto, pues de alguna manera Irýth estaba delatando sus propios sentimientos sin darse cuenta.
- Irýth...
- ¿QUÉ?
- Soy curandera.
- ¡¿Y qué?!
- Que curo heridas...
- ¡¿Y QUÉ?!
- ...estén donde estén.
La sensación de ser la persona más estúpida de Samos junto a la mirada insultantemente divertida de Erva, hicieron que Irýth se levantara sin decir una palabra, temiendo que le explotara la cabeza de la vergüenza, y sin ver cómo Erva acababa de doblar cariñosamente la ropa y dejaba de mirarla para concentrarse exclusivamente en el Sol, escondiéndose, como si se hundiera en el lago.
Samos.
- Bien -ironizó Irýth-. Entonces... ¿dónde se supone que está el templo?
Todos se miraron interrogantes e inseguros, menos Erva.
- Ahí -dijo, señalando al agua con la cabeza, mientras doblaba el mapa y Leet observaba su expresión pensando que estaba loca.
- ¿Bajo el agua? -preguntó, incrédulo-. ¿Sabes la profundidad que tiene este lago? Creo que si me hundo lo suficiente podría salir en Carav'hia.
Ella se encogió de hombros.
- En realidad es posible que esté aquí, teniendo en cuenta lo que dice la leyenda: El valle se inundó cuando nació el maar'heret-nir de agua -la defendió Vaahl-.
- De todas maneras, no tengo capacidad pulmonar ni velocidad suficiente para llegar a tocar ni siquiera la cúpula del templo antes de ahogarme.
- Es verdad -se quejó Irýth-. ¿Cómo va a llegar hasta allá abajo?
Los cuatro se quedaron mudos y absortos en sus pensamientos, observando fijamente el atardecer sobre el agua como si la luz aranjada fuera a darles la respuesta.
- ¿Eso que veo ahí son delfines? -preguntó Vaahl con aparente indiferencia-.
- Sí -contestaron los otros al unísono, viendo cuatro cetáceos jugar cerca de la superficie-.
- Pues ya está.
Vaahl rompió el contacto visual con la luz, lo que provocó que sus compañeros hicieran lo mismo. Leet pensó un momento y pareció entender lo que su amigo quería decir. Luego se quitó las botas y todo lo que llevaba de cintura para arriba, preparado para sumergirse.
- ¿Qué estás haciendo? -preguntó Irýth con el ceño fruncido. Luego reparó en que Vaahl también se estaba quitando la ropa, sólo que él se estaba quedando completamente desnudo-. ¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!
- ¿A tí qué te parece? - replicó con una sonrisa, mientras depositaba toda su ropa en los brazos de Erva.
Justo después se zambulló en el lago y nadaba hacia los delfines. En pocos segundos regresó a la pasarela un precioso ejemplar con una oscura cicatriz sobre una aleta. Leet se tiró de cabeza al agua, se agarró a las aletas del delfín y juntos desaparecieron mientras nadaban hacia el fondo. Irýth lo comprendió entonces: Vaahl había entrado en contacto con los delfines para poder convertirse en uno de ellos y poder llevar a Leet hasta el templo mucho más rápido. Sólo se había quitado la ropa para evitar que se rompiera, estropeada y mojara con la transformación. Este pensamiento hizo que se sonrojara tanto que sus mejillas eran del mismo color que su pelo. Como si estuviera leyendo su pensamiento, Erva sonrió intentando retener una carcajada. Luego se quitó las botas y se sentó al borde de la pasarela, metiendo los pies en el agua. Irýth se unió a ella con desgana, enfadada consigo misma por ser tan estúpida, con Vaahl por ser tan descarado y con Erva por reírse.
- No me parece bien -sentenció.
Erva, que estaba doblando cuidadosamente la ropa, la miró con curiosidad.
- ¿No se da cuenta? -continuó-. Hay mujeres delante y... ¡no me parece bien! Es de mala educación.
Su compañera volvió a reírse y ella se sonrojó aún más.
- ¡¿Es que no te importa?!
Erva se encogió de hombros por segunda vez.
- No iba a ver nada que no hubiera visto ya.
Irýth abrió los ojos como platos y se bloqueó. Su rubor adquirió un todo morado mientras miraba atónita a su amiga.
- ¡¿Quieres decir que... que tú y...?! - tartamudeó -. ¡¡No me lo puedo creer!! ¡No puedo creer que no me lo hayas dicho! Creía que eramos amigas y tú sabes que yo.. ¡¡No me lo puedo creer!!
La sonrisa de Erva se hizo cada vez más amplia al pensar en lo absurdo del asunto, pues de alguna manera Irýth estaba delatando sus propios sentimientos sin darse cuenta.
- Irýth...
- ¿QUÉ?
- Soy curandera.
- ¡¿Y qué?!
- Que curo heridas...
- ¡¿Y QUÉ?!
- ...estén donde estén.
La sensación de ser la persona más estúpida de Samos junto a la mirada insultantemente divertida de Erva, hicieron que Irýth se levantara sin decir una palabra, temiendo que le explotara la cabeza de la vergüenza, y sin ver cómo Erva acababa de doblar cariñosamente la ropa y dejaba de mirarla para concentrarse exclusivamente en el Sol, escondiéndose, como si se hundiera en el lago.
Samos.
miércoles, 11 de agosto de 2010
#50
"Maar'heret, las Almas, siempre habían velado nosotros en la tierra que es nuestra, en Samos. Espíritus naturales que trabajaban codo con codo con el pueblo y hacían de Samos un mundo próspero y lleno de riquezas. En las calles y en las escuelas se las conocía como Almas, mientras que en las altas esferas burocráticas se las llamaba por su denominación arcaica, maar'hem, "criaturas sagradas". Todo aquel con mínimos conocimientos de magia podía invocar un Alma menor. Con un estudio más profundizado y trabajo en grupo, los invocadores podían hacer aparecer a un Alma media, pero sólo con conocimientos plenos y grandes ayudas se podía llamar a las grandes bestias. Éste último caso correspondía en exclusiva a la corte sacerdotal del rey. En tiempos del monarca Pheltor, trescientos años ha aproxidamente, cualquiera era el campesino que llamaba a un maar'heret para ayudarlo a mantener sus campos verdes y sus frutos madurando toda la temporada; cualquiera era el herrero que, con ayuda de una simple Alma menor de fuego, trabajaba con la llama más vigorosa; Los sacerdotes de los templos en las montañas, el desierto, los bosques o el mar, les oraban a diario por el equilibrio y la paz de nuestra lihra, nuestra tierra; y el mismo rey, con ayuda de sus
propios clérigos, intervenía militarmente en conflictos de su reino con enormes, monstruosas e infinitamente poderosas criaturas. En las manos de cada uno residía la responsabilidad de hacer el bien o hacer el mal.
Y luego estaban ellos. Los Santos, o como se conocían antaño, los maar'hem o "seres humanos sagrados". Independientemente de su procedencia, nivel económico, social o aspiraciones políticas, los Santos eran capaces de llamar a cualquier Alma. A cualquiera, porque la magia de invocación corría por sus venas desde el mismo momento de su nacimiento. Así es, pues, que un niño maar'hem de apenas doce años pudiera convocar a un Alma media sin ayuda de ninguna clase, y un grupo de adultos fuera capaz de traer ante su presencia a un maar'heret-nir, una de las cinco Grandes Almas, imposibles de invocar por niguna otra criatura en Samos, y con el poder de reducir a escombros una civilización completa. Como es lógico, y a pesar de la reconocida actitud pacífica de los maar'hem, en el seno del gobierto de Samos empezó a corroer la duda y el miedo. Después de la muerte de Pheltor y la ascensión al trono de su joven hijo Kah'r, se inició una persecución a nivel mundial y una violenta caza de brujas que pretendía acabar con cada rastro maar'hem sobre Samos bajo la amenaza de hacerla arder si fuera necesario para que resugiera una nueva y mejorada. Algunos fueron apresados y ejecutados; otros, por devoción y amor de su tierra, se ocultaron y trataron de olvidar su poder y su condición. La magia sagrada quedó prohibida para el pueblo, dejó de enseñarse en las escuelas y, por tanto, generación tras generación se fue olvidando y convirtiéndose en leyenda, hasta que las Grandes Almas o maar'heret-nir sobrevivieron en forma de mitos y cuentos para niños. Sólo a los clérigos del rey se les permitía seguir ejerciendo.
Samos se las arregló para vivir sin la ayuda de sus perpetuos apoyos mágicos y logró salir adelante, pero el brillo, el esplendor y la alegría que la caracterizaba nunca volvió.
Tres siglos después de aquello, la vida en Samos era monótona y rutinaria sin la magia sagrada de invocación. A pesar del terror constante que provocaba el gobierto del Régimen debido a su inseguridad, el pueblo vivía en buenas condiciones y pacíficamente. En general, excepto pequeñas agrupaciones clandestinas que llevaban a cabo pequeños rituales sin ser descubiertos por las autoridades. Su objetivo base era el de encontrar a los desaparecidos Santos que hicieran caer al Régimen para traer de vuelta la magia de invocación. Mientras tanto, investigaban, exploraban y aprendían en secreto el antiguo arte.
En estos términos, en una de las grandes ciudades en el corazón de Samos, Ülerm, se descontroló una noche un Alma media en uno de los rituales ilegales de los llamados Nimdbes. El Destino quiso que ese maar'heret indómito destruyera un edicifio de la Delegación de Gobierno de la ciudad y el suceso llegó pronto a oídos del Régimen. Los sacerdotes del gobierno llamaron a otra Alma media con el propósito de eliminar a los traidores, pero a la vez surgió inesperadamente un Alma mayor que la rechazó, permitiendo que los Nimdbes escaparan. Este hecho sólo podía significar una cosa: que existía en Samos un Santo en plenitud de facultades que ignoraba la ley.
Aunque el pueblo vivía demasiado atemorizado como para levantarse, el Régimen decidió abrir una investigación y atrapar a ese maar'hem, al tiempo que Nimdbes de toda Samos emprendían su propia búsqueda para salvarlo de la ejecución."
Samos.
propios clérigos, intervenía militarmente en conflictos de su reino con enormes, monstruosas e infinitamente poderosas criaturas. En las manos de cada uno residía la responsabilidad de hacer el bien o hacer el mal.
Y luego estaban ellos. Los Santos, o como se conocían antaño, los maar'hem o "seres humanos sagrados". Independientemente de su procedencia, nivel económico, social o aspiraciones políticas, los Santos eran capaces de llamar a cualquier Alma. A cualquiera, porque la magia de invocación corría por sus venas desde el mismo momento de su nacimiento. Así es, pues, que un niño maar'hem de apenas doce años pudiera convocar a un Alma media sin ayuda de ninguna clase, y un grupo de adultos fuera capaz de traer ante su presencia a un maar'heret-nir, una de las cinco Grandes Almas, imposibles de invocar por niguna otra criatura en Samos, y con el poder de reducir a escombros una civilización completa. Como es lógico, y a pesar de la reconocida actitud pacífica de los maar'hem, en el seno del gobierto de Samos empezó a corroer la duda y el miedo. Después de la muerte de Pheltor y la ascensión al trono de su joven hijo Kah'r, se inició una persecución a nivel mundial y una violenta caza de brujas que pretendía acabar con cada rastro maar'hem sobre Samos bajo la amenaza de hacerla arder si fuera necesario para que resugiera una nueva y mejorada. Algunos fueron apresados y ejecutados; otros, por devoción y amor de su tierra, se ocultaron y trataron de olvidar su poder y su condición. La magia sagrada quedó prohibida para el pueblo, dejó de enseñarse en las escuelas y, por tanto, generación tras generación se fue olvidando y convirtiéndose en leyenda, hasta que las Grandes Almas o maar'heret-nir sobrevivieron en forma de mitos y cuentos para niños. Sólo a los clérigos del rey se les permitía seguir ejerciendo.
Samos se las arregló para vivir sin la ayuda de sus perpetuos apoyos mágicos y logró salir adelante, pero el brillo, el esplendor y la alegría que la caracterizaba nunca volvió.
Tres siglos después de aquello, la vida en Samos era monótona y rutinaria sin la magia sagrada de invocación. A pesar del terror constante que provocaba el gobierto del Régimen debido a su inseguridad, el pueblo vivía en buenas condiciones y pacíficamente. En general, excepto pequeñas agrupaciones clandestinas que llevaban a cabo pequeños rituales sin ser descubiertos por las autoridades. Su objetivo base era el de encontrar a los desaparecidos Santos que hicieran caer al Régimen para traer de vuelta la magia de invocación. Mientras tanto, investigaban, exploraban y aprendían en secreto el antiguo arte.
En estos términos, en una de las grandes ciudades en el corazón de Samos, Ülerm, se descontroló una noche un Alma media en uno de los rituales ilegales de los llamados Nimdbes. El Destino quiso que ese maar'heret indómito destruyera un edicifio de la Delegación de Gobierno de la ciudad y el suceso llegó pronto a oídos del Régimen. Los sacerdotes del gobierno llamaron a otra Alma media con el propósito de eliminar a los traidores, pero a la vez surgió inesperadamente un Alma mayor que la rechazó, permitiendo que los Nimdbes escaparan. Este hecho sólo podía significar una cosa: que existía en Samos un Santo en plenitud de facultades que ignoraba la ley.
Aunque el pueblo vivía demasiado atemorizado como para levantarse, el Régimen decidió abrir una investigación y atrapar a ese maar'hem, al tiempo que Nimdbes de toda Samos emprendían su propia búsqueda para salvarlo de la ejecución."
L. M. V. 768, a la caída del mes trece.
Samos.
viernes, 6 de agosto de 2010
#47
Vaahl trató de seguir su paso apresurado, sin dejar de insistir.
- Si Leet dice que existe una técnica de destrucción masiva mar'hem, existe, Erva. Y quiero verla.
- No existe -repitió, aburrida-. Y ahora déjame, tengo prisa.
- Dime, ¿qué es? -porfiaba-. ¿Potentes hechizos elementales? ¿Un nivel estratosféricos del Aurora? ¿Resucitar a los muertos?
Harta, Erva se detuvo de repente y alzó un brazo con la mano a pocos centímetros de la frente de Vaahl, y colocó los dedos de una manera extraña, con el dedo corazón apoyado en el pulgar.
Él, impaciente y emocionado, contuvo la respiración. Ella, con cara de hastío, liberó su dedo corazón y le dio una fuerte toba en la nariz.
- ¡¡AH!! -Vaahl se llevó las manos a la nariz y se la frotó con energía para aliviar el dolor-.
Erva ya seguía caminando a paso ligero.
- ... Aaaaau... -repitió en voz baja mientras la observaba alejarse.
Samos.
- Si Leet dice que existe una técnica de destrucción masiva mar'hem, existe, Erva. Y quiero verla.
- No existe -repitió, aburrida-. Y ahora déjame, tengo prisa.
- Dime, ¿qué es? -porfiaba-. ¿Potentes hechizos elementales? ¿Un nivel estratosféricos del Aurora? ¿Resucitar a los muertos?
Harta, Erva se detuvo de repente y alzó un brazo con la mano a pocos centímetros de la frente de Vaahl, y colocó los dedos de una manera extraña, con el dedo corazón apoyado en el pulgar.
Él, impaciente y emocionado, contuvo la respiración. Ella, con cara de hastío, liberó su dedo corazón y le dio una fuerte toba en la nariz.
- ¡¡AH!! -Vaahl se llevó las manos a la nariz y se la frotó con energía para aliviar el dolor-.
Erva ya seguía caminando a paso ligero.
- ... Aaaaau... -repitió en voz baja mientras la observaba alejarse.
Samos.
jueves, 5 de agosto de 2010
#46
En la víspera de la gran batalla -observó Leet en la distancia- la presencia inmóvil de Erva dándole la espalda, la luz azul, verde y violeta que emanaba de la vegetación y las luciérnagas hacían parecer que ella misma formaba parte del bosque.
Por su mente paseó la duda de fuera cierto, aquella noche bajo las tres lunas de Samos.
Samos.
Por su mente paseó la duda de fuera cierto, aquella noche bajo las tres lunas de Samos.
Samos.
martes, 3 de agosto de 2010
#44
- ¿Cómo te has hecho eso? -preguntó Erva, machacando unas hierbas de extraño olor en un cuenco.
- Bueno... -el chico de pelo claro giró el brazo con una mueca, observando la herida. Era profunda, estaba oscura e infectada-. Me atacó un verminio en el bosque. Pero Irýth le lanzó un hechizo de fuego...
- Leet, eres un inútil -dijo la aludida.
- No soy eso -replicó el otro con calma-. No lo vi venir porque estaba ocupado atendiendo a tus tonterías.
- ¡Me había quedado atrapada entre unas ramas!
La discusión tomó un volumen considerable y sus voces se sobreponían en un revuelto ruidoso de gritos. Erva frunció el ceño y les observó con aburrimiento.
- Esto... -empezó a decir, pero la pareja seguía discutiendo-. Vosotros... ¿estais juntos?
Los dos giraron la cabeza en su dirección e hicieron una mueca.
- ¡¡No!! -dijeron al unísono.
- Es que nos conocemos desde niños -explicó el chico con una mirada de comprensión y una media sonrisa irónica. Ella se cruzó de brazos y miró por la ventana.
Erva se limitó se limitó a abrir un poco los labios con un mudo "Ah".
La curandera se acercó al herido y se sentó a su lado. Presionó firmemente el tajo y observó el líquido oscuro que supuraba.
- Mmmh... Está muy feo -dijo-. ¿Cuánto hace que te mordió el verminio?
- Dos días. Pero estábamos en el bosque y no tenemos ni idea de hierbas curadoras ni hechizos sanadores.
- Lo mió es la magia negra -apuntó la pelirroja, como disculpándose.
Erva untó el mejunje sobre la infección y el chico resopló.
- Escuece un poco -le advirtió-.
- Ya lo veo -contestó, sarcástico-.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y tres hombres fornidos irrumpieron en la botica, llamando a Erva a voces. Ella se levantó rápidamente.
- ¿Qué ocurre? - se fijó en que uno de ellos llevaba a un joven desmayado en volandas-.
- Es este chico -respondió el hombre que lo tenía en brazos-. Una bestia del bosque lo atacó.
Erva se aproximó al joven, que seguía inconsciente, y le abrió la camisa descubriendo un profundo corte que atravesaba todo su pecho y su vientre.
- ¡Llevadlo a una cama! Enseguida voy -se dio la vuelta para dirigirse a los otros dos-. Esa pomada, tienes que dártela cada dos horas. Tendrás suficiente hasta por la mañana, entonces haré más.
- Entendido.
La curandera los miró reflexionando unos instantes mientras se limpiaba las manos en el delantal.
- Será mejor que paséis la noche aquí -dijo-.
Después de dejar a los dos amigos atrás, atravesó el pasillo hasta llegar a la sala de las camas, donde los hombres habían depositado al herido.
- Se ha despertado -dijo uno de ellos-. Dice que se llama Vaahl.
Erva acudió a su lado y le quitó la camisa, lo que le causó un agudo dolor.
- Lo siento -se disculpó. Echando un vistazo a la herida, juzgó que era demasiado grave como para demorarse más-. No hay tiempo para discutir el precio. Voy a lanzarte un hechizo, ¿de acuerdo?
Él la miró, respirando con dificultad. Sus ojos negros estaban inyectados en sangre y los mechones oscuros de su pelo se le pegaban a la frente.
- Diles que se vayan... -le pidió-.
- ¿Cómo?
- Por favor...
Erva se dirigió a los hombres.
- ¿Podéis marcharos?
Sorprendidos y confusos, no se movieron. Ella los apremió y prácticamente los empujó.
- Por favor, salid de la habitación -los echó y les cerró la puerta en las narices.
Cuando se dio la vuelta, se encontró con una enorme pantera herida en la camilla que la miraba suplicante. Tremendamente sorprendida, se arrimó a la puerta que acababa de cerrar y susurró:
- De todas las cosas que hay en el mundo... Lo último que me esperaba hoy era un metamorfo.
Samos
- Bueno... -el chico de pelo claro giró el brazo con una mueca, observando la herida. Era profunda, estaba oscura e infectada-. Me atacó un verminio en el bosque. Pero Irýth le lanzó un hechizo de fuego...
- Leet, eres un inútil -dijo la aludida.
- No soy eso -replicó el otro con calma-. No lo vi venir porque estaba ocupado atendiendo a tus tonterías.
- ¡Me había quedado atrapada entre unas ramas!
La discusión tomó un volumen considerable y sus voces se sobreponían en un revuelto ruidoso de gritos. Erva frunció el ceño y les observó con aburrimiento.
- Esto... -empezó a decir, pero la pareja seguía discutiendo-. Vosotros... ¿estais juntos?
Los dos giraron la cabeza en su dirección e hicieron una mueca.
- ¡¡No!! -dijeron al unísono.
- Es que nos conocemos desde niños -explicó el chico con una mirada de comprensión y una media sonrisa irónica. Ella se cruzó de brazos y miró por la ventana.
Erva se limitó se limitó a abrir un poco los labios con un mudo "Ah".
La curandera se acercó al herido y se sentó a su lado. Presionó firmemente el tajo y observó el líquido oscuro que supuraba.
- Mmmh... Está muy feo -dijo-. ¿Cuánto hace que te mordió el verminio?
- Dos días. Pero estábamos en el bosque y no tenemos ni idea de hierbas curadoras ni hechizos sanadores.
- Lo mió es la magia negra -apuntó la pelirroja, como disculpándose.
Erva untó el mejunje sobre la infección y el chico resopló.
- Escuece un poco -le advirtió-.
- Ya lo veo -contestó, sarcástico-.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y tres hombres fornidos irrumpieron en la botica, llamando a Erva a voces. Ella se levantó rápidamente.
- ¿Qué ocurre? - se fijó en que uno de ellos llevaba a un joven desmayado en volandas-.
- Es este chico -respondió el hombre que lo tenía en brazos-. Una bestia del bosque lo atacó.
Erva se aproximó al joven, que seguía inconsciente, y le abrió la camisa descubriendo un profundo corte que atravesaba todo su pecho y su vientre.
- ¡Llevadlo a una cama! Enseguida voy -se dio la vuelta para dirigirse a los otros dos-. Esa pomada, tienes que dártela cada dos horas. Tendrás suficiente hasta por la mañana, entonces haré más.
- Entendido.
La curandera los miró reflexionando unos instantes mientras se limpiaba las manos en el delantal.
- Será mejor que paséis la noche aquí -dijo-.
Después de dejar a los dos amigos atrás, atravesó el pasillo hasta llegar a la sala de las camas, donde los hombres habían depositado al herido.
- Se ha despertado -dijo uno de ellos-. Dice que se llama Vaahl.
Erva acudió a su lado y le quitó la camisa, lo que le causó un agudo dolor.
- Lo siento -se disculpó. Echando un vistazo a la herida, juzgó que era demasiado grave como para demorarse más-. No hay tiempo para discutir el precio. Voy a lanzarte un hechizo, ¿de acuerdo?
Él la miró, respirando con dificultad. Sus ojos negros estaban inyectados en sangre y los mechones oscuros de su pelo se le pegaban a la frente.
- Diles que se vayan... -le pidió-.
- ¿Cómo?
- Por favor...
Erva se dirigió a los hombres.
- ¿Podéis marcharos?
Sorprendidos y confusos, no se movieron. Ella los apremió y prácticamente los empujó.
- Por favor, salid de la habitación -los echó y les cerró la puerta en las narices.
Cuando se dio la vuelta, se encontró con una enorme pantera herida en la camilla que la miraba suplicante. Tremendamente sorprendida, se arrimó a la puerta que acababa de cerrar y susurró:
- De todas las cosas que hay en el mundo... Lo último que me esperaba hoy era un metamorfo.
Samos
viernes, 16 de julio de 2010
#41
A través de la oscuridad del bosque, entre los árboles, Irýth pudo ver una serie de breves resplandores de colores entre las ramas de una encina. Al acercarse sigilosamente, comprobó que se trataba de Erva, invocando pequeños hechizos elementales: fuego, agua, electricidad y, por último, hielo.
Sin darse cuenta, una rama caída crujió bajo sus pies y Erva se percató de su presencia, la miró y abandonó los hechizos. Irýth sonrió.
- Creía que era la única aquí que era capaz de hacer eso -dijo.
Erva le devolvió la sonrisa con tristeza.
- No soy yo. -rebatió-. Son ellos.
Irýth no se molestó en esconder su sorpresa; ciertamente estaba asustada de que las Almas le hubieran concedido poderes sobre los elementos, porque eso sólo podía significar una cosa.
- Entonces... -empezó a decir-. ¿Tú... vas a...?
- Es posible -le cortó Erva-. Seguramente -miró a a la Luna-. Howl me lo dijo.
Irýth apretó los puños y miró al suelo con furia.
- ¿Sabes... ¡qué le puedes decir a ese gélido perro sarnoso?! -exclamó, y Erva la observó con dureza para volver a mirar al cielo.
- No es su culpa -dijo, con voz queda-. No es de nadie.
Irýth sintió que sus ojos se inundaban de lágrimas y estuvo a punto a gritar y a maldecir a todas las Almas que conocía cuando escuchó la voz de Leet a lo lejos, pidiendo ayuda. Cuando miró a su amiga con urgencia, ella ya había desaparecido entre las ramas.
Samos.
Sin darse cuenta, una rama caída crujió bajo sus pies y Erva se percató de su presencia, la miró y abandonó los hechizos. Irýth sonrió.
- Creía que era la única aquí que era capaz de hacer eso -dijo.
Erva le devolvió la sonrisa con tristeza.
- No soy yo. -rebatió-. Son ellos.
Irýth no se molestó en esconder su sorpresa; ciertamente estaba asustada de que las Almas le hubieran concedido poderes sobre los elementos, porque eso sólo podía significar una cosa.
- Entonces... -empezó a decir-. ¿Tú... vas a...?
- Es posible -le cortó Erva-. Seguramente -miró a a la Luna-. Howl me lo dijo.
Irýth apretó los puños y miró al suelo con furia.
- ¿Sabes... ¡qué le puedes decir a ese gélido perro sarnoso?! -exclamó, y Erva la observó con dureza para volver a mirar al cielo.
- No es su culpa -dijo, con voz queda-. No es de nadie.
Irýth sintió que sus ojos se inundaban de lágrimas y estuvo a punto a gritar y a maldecir a todas las Almas que conocía cuando escuchó la voz de Leet a lo lejos, pidiendo ayuda. Cuando miró a su amiga con urgencia, ella ya había desaparecido entre las ramas.
Samos.
viernes, 25 de junio de 2010
#33
Erva observó cómo sus compañeros la contemplaban con esperanza. Si había alguien que podía detener la hecatombe que estaba teniendo lugar en el claro del bosque, era ella. Esperaban que llamara a un Alma capaz de congelar el caos allá abajo.
¿…Congelar?
Entonces, Erva cayó en la cuenta. Suspiró y fijó la vista en el suelo. Se decidió a hacerlo, a invocarlo. Ordenó a los demás que se alejaran y se preparó. Intentó establecer el contacto con el Alma, le entregó su corazón y su conciencia y él los aceptó. En ese momento, Erva, cerró los ojos, dio media vuelta e hizo aparecer sus espadas. Las blandió un instante y, aún con los ojos cerrados, las lanzó hacia delante y éstas cayeron certeramente en paralelo, clavadas en la tierra, una al lado de la otra. El calor de las llamas la estaba consumiendo, tanto que sentía como la sangre le hervía en las venas, y le dolía. Los gritos de la Naturaleza ensordecían todo su entorno, por lo que cerró su mente del exterior.
Silencio.
Notó como su energía vital se acumulaba en sus pies y la canalizó mediante la creación de los sellos y símbolos correspondientes. Así, el suelo que pisaba se cubrió de círculos brillantes con extraños caracteres en su interior.
Iryth y Leet observaban el ritual ligeramente apartados de Erva. En el ambiente infernal, caótico y ardiente, contemplaron cómo su compañera se iluminaba débilmente y se elevaba varios centímetros sobre la tierra. Una onda de vació sacudió el terreno varios metros a la redonda. Toda la vegetación que los rodeaba se balanceó, se arrancaron ramas de los árboles, se tumbaron arbustos y se mecieron hierbajos, con el fin de despejar el escenario para la invocación. Leet e Iryth se protegieron como pudieron de la fuerte corriente de aire situándose detrás de una gran roca. Luego, Erva se posó suavemente sobre la hierba.
Abrió lentamente los ojos. El ruido del caos a su alrededor no era más que un murmullo lejano. A sus ojos, sólo sus espadas, fijadas en la tierra, brillaban con una luminiscencia azul rodeada de un aura negra como la boca del lobo.
Susurró una oración, mientras ella misma se cubría de neblina azul y negra. Sus compañeros la observaban con cautela y se atrevieron a acercarse a ella. Lentamente, Iryth y Leet se aproximaron a Erva. A su paso, los sellos y símbolos adquirieron un brillante color azul. Cuando estaban tan cerca de ella que podían tocarla, el ruido desapareció también para ellos. Alarmados y extrañados, dirigieron su atención a su amiga, que continuaba murmurando en sámico arcano. Erva miraba sus armas con una concentración férrea, como si no hubiese nadie a su lado, como si lo ignorara todo. Sus ojos se tornaron blancos y, de repente, cesó la oración. La neblina se disipó, los sellos desaparecieron y el tiempo se paró un segundo en el que todo parecía estar suspendido en el aire. Entonces lo llamó en voz baja:
- …Howl…
El ruido volvió a los oídos de los tres en una vertiginosa vorágine de vibraciones, dolorosa y constante. Erva se mantuvo impasible, pero Iryth y Leet cayeron sobre sus rodillas y trataron de taparse los oídos.
Ante sus ojos, las espadas de Erva se habían cubierto de una fina capa de hielo.
Leet se levantó:
- ¿Qué…?
Notaron como el aire se enfriaba de pronto, sus alientos se condensaron en nubes de vapor en sus gargantas y les era difícil respirar. La atmósfera parecía ser mucho más pesada que antes y los músculos se entumecían, la piel se resquebrajaba. Pero Erva estaba ensimismada contemplando cómo el aire frío se posaba en forma de nieve sobre las espadas y el hielo crecía en torno a ellas, cada vez más, hasta crear un enorme bloque helado y azul. Iryth ahogó un grito y estuvo a punto de salir huyendo cuando se agrietó. Pequeñas placas de hielo se desplazaron sobre la superficie del bloque, confiriéndole, poco a poco, forma humana.
La figura helada, de pronto, dio un paso. Con ese paso, el suelo bajo ella se congeló. Dio otro paso, luego otro y después otro, dejando un rastro de escarcha sobre la tierra. Según avanzaba hacia Erva, el hielo de la figura desaparecía, descubriendo lo que había en su interior. Finalmente se detuvo ante quien lo llamaba una figura oscura de alta estatura.
Iryth había leído algo sobre él hacía muchísimo tiempo, cuando aún vivía en Breeth. Se trataba del Alma de Howl. Ahora parecía completamente humano. Soportaba una brillante armadura negra que emitía suaves destellos azules y sostenía en su mano derecha una lanza de las mismas características. Su pelo largo, del color del carbón, enmarcaba su rostro. Iryth no recordaba haber visto un rostro más bello en toda su vida. Leet se fijó en sus ojos, tan azules que eran casi blancos, que miraban con devoción a quien lo había invocado.
Howl hizo una respetuosa reverencia, inclinándose levemente hacia delante. Luego, se arrodilló ante Erva. Ella, que aún parecía ignorar a sus compañeros, extendió el brazo hacia Howl y enredó con ternura los dedos de su mano derecha en su pelo, detrás de la oreja. Mientras, Iryth y Leet observaban estupefactos. Erva se arrodilló y susurró algo al oído de Howl. Le soltó suavemente el pelo, se levantó y se apartó, observándolo. Él hizo lo propio y la miró por última vez. Luego, dirigió la mirada al frente. Cogió impulso y, en una centésima de segundo, saltó y su neblina negruzca lo cubrió. Cuando se disipó, se había convertido un enorme lobo negro, cuyo pelaje despedía su característico tono azul eléctrico. Aterrizó grácilmente y echó a correr hacia el epicentro de la hecatombe, cubriendo con brillante escarcha todo cuando encontraba a su paso.
Samos.
¿…Congelar?
Entonces, Erva cayó en la cuenta. Suspiró y fijó la vista en el suelo. Se decidió a hacerlo, a invocarlo. Ordenó a los demás que se alejaran y se preparó. Intentó establecer el contacto con el Alma, le entregó su corazón y su conciencia y él los aceptó. En ese momento, Erva, cerró los ojos, dio media vuelta e hizo aparecer sus espadas. Las blandió un instante y, aún con los ojos cerrados, las lanzó hacia delante y éstas cayeron certeramente en paralelo, clavadas en la tierra, una al lado de la otra. El calor de las llamas la estaba consumiendo, tanto que sentía como la sangre le hervía en las venas, y le dolía. Los gritos de la Naturaleza ensordecían todo su entorno, por lo que cerró su mente del exterior.
Silencio.
Notó como su energía vital se acumulaba en sus pies y la canalizó mediante la creación de los sellos y símbolos correspondientes. Así, el suelo que pisaba se cubrió de círculos brillantes con extraños caracteres en su interior.
Iryth y Leet observaban el ritual ligeramente apartados de Erva. En el ambiente infernal, caótico y ardiente, contemplaron cómo su compañera se iluminaba débilmente y se elevaba varios centímetros sobre la tierra. Una onda de vació sacudió el terreno varios metros a la redonda. Toda la vegetación que los rodeaba se balanceó, se arrancaron ramas de los árboles, se tumbaron arbustos y se mecieron hierbajos, con el fin de despejar el escenario para la invocación. Leet e Iryth se protegieron como pudieron de la fuerte corriente de aire situándose detrás de una gran roca. Luego, Erva se posó suavemente sobre la hierba.
Abrió lentamente los ojos. El ruido del caos a su alrededor no era más que un murmullo lejano. A sus ojos, sólo sus espadas, fijadas en la tierra, brillaban con una luminiscencia azul rodeada de un aura negra como la boca del lobo.
Susurró una oración, mientras ella misma se cubría de neblina azul y negra. Sus compañeros la observaban con cautela y se atrevieron a acercarse a ella. Lentamente, Iryth y Leet se aproximaron a Erva. A su paso, los sellos y símbolos adquirieron un brillante color azul. Cuando estaban tan cerca de ella que podían tocarla, el ruido desapareció también para ellos. Alarmados y extrañados, dirigieron su atención a su amiga, que continuaba murmurando en sámico arcano. Erva miraba sus armas con una concentración férrea, como si no hubiese nadie a su lado, como si lo ignorara todo. Sus ojos se tornaron blancos y, de repente, cesó la oración. La neblina se disipó, los sellos desaparecieron y el tiempo se paró un segundo en el que todo parecía estar suspendido en el aire. Entonces lo llamó en voz baja:
- …Howl…
El ruido volvió a los oídos de los tres en una vertiginosa vorágine de vibraciones, dolorosa y constante. Erva se mantuvo impasible, pero Iryth y Leet cayeron sobre sus rodillas y trataron de taparse los oídos.
Ante sus ojos, las espadas de Erva se habían cubierto de una fina capa de hielo.
Leet se levantó:
- ¿Qué…?
Notaron como el aire se enfriaba de pronto, sus alientos se condensaron en nubes de vapor en sus gargantas y les era difícil respirar. La atmósfera parecía ser mucho más pesada que antes y los músculos se entumecían, la piel se resquebrajaba. Pero Erva estaba ensimismada contemplando cómo el aire frío se posaba en forma de nieve sobre las espadas y el hielo crecía en torno a ellas, cada vez más, hasta crear un enorme bloque helado y azul. Iryth ahogó un grito y estuvo a punto de salir huyendo cuando se agrietó. Pequeñas placas de hielo se desplazaron sobre la superficie del bloque, confiriéndole, poco a poco, forma humana.
La figura helada, de pronto, dio un paso. Con ese paso, el suelo bajo ella se congeló. Dio otro paso, luego otro y después otro, dejando un rastro de escarcha sobre la tierra. Según avanzaba hacia Erva, el hielo de la figura desaparecía, descubriendo lo que había en su interior. Finalmente se detuvo ante quien lo llamaba una figura oscura de alta estatura.
Iryth había leído algo sobre él hacía muchísimo tiempo, cuando aún vivía en Breeth. Se trataba del Alma de Howl. Ahora parecía completamente humano. Soportaba una brillante armadura negra que emitía suaves destellos azules y sostenía en su mano derecha una lanza de las mismas características. Su pelo largo, del color del carbón, enmarcaba su rostro. Iryth no recordaba haber visto un rostro más bello en toda su vida. Leet se fijó en sus ojos, tan azules que eran casi blancos, que miraban con devoción a quien lo había invocado.
Howl hizo una respetuosa reverencia, inclinándose levemente hacia delante. Luego, se arrodilló ante Erva. Ella, que aún parecía ignorar a sus compañeros, extendió el brazo hacia Howl y enredó con ternura los dedos de su mano derecha en su pelo, detrás de la oreja. Mientras, Iryth y Leet observaban estupefactos. Erva se arrodilló y susurró algo al oído de Howl. Le soltó suavemente el pelo, se levantó y se apartó, observándolo. Él hizo lo propio y la miró por última vez. Luego, dirigió la mirada al frente. Cogió impulso y, en una centésima de segundo, saltó y su neblina negruzca lo cubrió. Cuando se disipó, se había convertido un enorme lobo negro, cuyo pelaje despedía su característico tono azul eléctrico. Aterrizó grácilmente y echó a correr hacia el epicentro de la hecatombe, cubriendo con brillante escarcha todo cuando encontraba a su paso.
Samos.
martes, 22 de junio de 2010
#31
- ¿Vas a ir a buscar agua hoy, esta semana, este mes, este año, algún momento de tu vida antes de que muramos de sed?
- Mmmh... no, no pensaba.
- No, ya sé que tú no piensas, sólo te pregunto si vas ir.
Samos.
- Mmmh... no, no pensaba.
- No, ya sé que tú no piensas, sólo te pregunto si vas ir.
Samos.
domingo, 20 de junio de 2010
#29
"No, no quiero recuperar mis recuerdos. Porque recordar significa volver atrás, y si me concentro y me retracto en el pasado, no podré avanzar hacia el futuro."
Samos.
Samos.
viernes, 18 de junio de 2010
#28
- ¿Crees que los Santos escondidos en toda Samos se rebelarán, ahora que saben quién eres?
Erva se incorporó y apoyó las manos en el suelo.
- No. No lo creo - respondió, con la mirada fija en la Luna-. La gente tiene miedo. No es suficiente.
Leet se sentó junto a ella, se sacudió las manos de tierra y miró también a la Luna.
- ¿Y tú? ¿Tienes miedo? -preguntó.
Ella negó con la cabeza.
- No tengo miedo de lo que puedan hacerme; tengo miedo de lo que pueda hacer yo. No conozco mis límites ni mis posibilidades. Camino a ciegas -desvió la mirada-. Me siento como si fuera capaz de aplastar el mundo con mis manos, y me aterroriza pensar que... es cierto.
- Pero los Santos...
-No -le cortó-. Los Santos nada. Un Santo que no ha llamado a ningún Alma en su vida no es capaz de invocar a Hades la segunda vez que realiza un ritual tan complejo. Y menos aún con esa rapidez.
Leet miró a su compañera comprensivamente. Ella había vuelto a fijar la vista en el horizonte.
- Todo saldrá bien -dijo, intentando animarla-.
Erva no respondió. Miró al suelo e hizo una mueca. Se levantó, se sacudió las ropas y caminó lentamente hacia la orilla. Las estrellas se reflejaban en el lago y la luz de la Luna aportaba un tono fantasmal a la escena.
- Nosotros nos ocuparemos de que salga bien -dijo, adentrándose en la negrura del lago. El agua estaba fría-. Lo que me preocupa es el sacrificio que tendremos que ofrecer por ello.
Bajo la atenta mirada de Leet, Erva siguió caminando hasta que el agua la cubrió por completo, como si las estrellas reflejadas la hubieran engullido, y desapareció.
Samos.
Erva se incorporó y apoyó las manos en el suelo.
- No. No lo creo - respondió, con la mirada fija en la Luna-. La gente tiene miedo. No es suficiente.
Leet se sentó junto a ella, se sacudió las manos de tierra y miró también a la Luna.
- ¿Y tú? ¿Tienes miedo? -preguntó.
Ella negó con la cabeza.
- No tengo miedo de lo que puedan hacerme; tengo miedo de lo que pueda hacer yo. No conozco mis límites ni mis posibilidades. Camino a ciegas -desvió la mirada-. Me siento como si fuera capaz de aplastar el mundo con mis manos, y me aterroriza pensar que... es cierto.
- Pero los Santos...
-No -le cortó-. Los Santos nada. Un Santo que no ha llamado a ningún Alma en su vida no es capaz de invocar a Hades la segunda vez que realiza un ritual tan complejo. Y menos aún con esa rapidez.
Leet miró a su compañera comprensivamente. Ella había vuelto a fijar la vista en el horizonte.
- Todo saldrá bien -dijo, intentando animarla-.
Erva no respondió. Miró al suelo e hizo una mueca. Se levantó, se sacudió las ropas y caminó lentamente hacia la orilla. Las estrellas se reflejaban en el lago y la luz de la Luna aportaba un tono fantasmal a la escena.
- Nosotros nos ocuparemos de que salga bien -dijo, adentrándose en la negrura del lago. El agua estaba fría-. Lo que me preocupa es el sacrificio que tendremos que ofrecer por ello.
Bajo la atenta mirada de Leet, Erva siguió caminando hasta que el agua la cubrió por completo, como si las estrellas reflejadas la hubieran engullido, y desapareció.
Samos.
miércoles, 16 de junio de 2010
domingo, 13 de junio de 2010
#22
Seis meses después, con la llegada del otoño, se decidió a volver a la grieta que provocó Erva a su muerte en el claro del bosque de Breeth. Fue solo y despojado de la armadura blanca que le identificaba como general. De esta manera, la blancura de sus ojos y su cabello destacaba mucho más, pero no le importaba. Sólo quería sentirse cómodo en un viaje tan largo, de modo que vestía como un viajero cualquiera, contando sólo con su espada.
Vaistlen quería averiguar si era cierto aquello que, desde la batalla final, no había dejado de rondar por su mente; si de verdad ella había muerto o había desaparecido sin más, o si había ocurrido como él veía en sus sueños y, simplemente, había dejado de pertenecer al mundo terrenal.
Pasada la aldea de Breeth, se adentró en el bosque. Estaba cayendo la noche y pronto se vio rodeado de luciérnagas verdes y azules que iluminaban el camino. No desenfundó la espada; esa noche nada ni nadie iba a perturbarlo.
Ya era noche cerrada cuando vislumbró la enorme grieta. El paisaje se había vuelto fantástico y onírico: La hierba había cubierto los signos de la destrucción, pequeñas flores blancas brillaban en la oscuridad y las luciérnagas lo iluminaban todo, incluso se notaba una leve neblina. La vegetación amortiguaba sus pasos mientras observaba el panorama. Decidió que bajar con cautela hasta el fondo del barranco a pie, aunque era el camino más largo, era también el más seguro.
Pensó que, después de todo, había hecho bien en unirse a la causa de Leet y dar la espalda al Régimen. Sabía que había llegado al límite de su paciencia cuando le ordenaron acabar con la última de los Santos, la última persona que podía invocar por sí misma a las Almas, Erva Stradivarius, pero lo supo definitivamente después de haber visto con sus propios ojos cómo invocó a Artema aquel día, un Alma que ni el sacerdote más poderoso del Régimen podría haber llamado sin ayuda. Por eso había tenido la determinación de volver allí, porque tenía la certeza de que Erva Stradivarius no era sólo un Santo, o no un simple Santo.
En el fondo de la grieta las raíces de los árboles había crecido vertiginosamente, y ahora se entrelazaban creando una suerte de gran puerta que indicaba la entrada al santuario. La atravesó y se encontró en una cueva totalmente oscura. Lanzó un hechizo de fuego muy débil, de la fuerza justa para alumbrar la gruta. A medida que avanzaba, notaba que el suelo estaba encharcado, y el nivel del agua iba subiendo hasta que le alcanzó la mitad de la pantorrilla.
La angosta cueva se hizo de repente amplia y la pequeña bola de fuego que había invocado se hizo demasiado poco para iluminar toda la estancia. Cuando la dotó con más potencia, se sobresaltó al ver que al fondo, en el final de la gruta, la piedra estaba arrugada y retorcida, con una forma alargada, como si la roca y las raíces hubieran escupido algo de su interior. Al acercarse más, comprobó que se trataba de una figura humana, atrapada por la vegetación y la piedra. Todo tenía color gris, como si un velo de ceniza se hubiera posado sobre la pared. La figura humana estaba relajada, sin ofrecer resistencia a sus ataduras. Vaistlen comprobó que se trataba de una mujer, a juzgar por la fina armadura que llevaba y el pelo largo que se extendía y enroscaba con las raíces. Se aproximó a la estatua para observar su rostro y disipar todas sus dudas y, cuando vio el rostro inexpresivo de ojos muertos que tanto esperaba ver, se desplomó, de rodillas, en el suelo pedregoso.
Lo sabía, y lo sospechaba desde el principio. Era ella. Y la había dejado morir. Y no soportaba la idea de que no había sido en vano, que era necesario que ella abandonara este mundo; no soportaba la idea de que tuviera que morir para llegar a ser lo que era, lo que había sido desde el principio, pero le había sido negado: un Alma. Una diosa. La diosa.
Alzó el rostro hacia el de la escultura y lo sostuvo con sus manos un momento, mientras la llamaba entre lágrimas.
- Minerva...
Vaistlen quería averiguar si era cierto aquello que, desde la batalla final, no había dejado de rondar por su mente; si de verdad ella había muerto o había desaparecido sin más, o si había ocurrido como él veía en sus sueños y, simplemente, había dejado de pertenecer al mundo terrenal.
Pasada la aldea de Breeth, se adentró en el bosque. Estaba cayendo la noche y pronto se vio rodeado de luciérnagas verdes y azules que iluminaban el camino. No desenfundó la espada; esa noche nada ni nadie iba a perturbarlo.
Ya era noche cerrada cuando vislumbró la enorme grieta. El paisaje se había vuelto fantástico y onírico: La hierba había cubierto los signos de la destrucción, pequeñas flores blancas brillaban en la oscuridad y las luciérnagas lo iluminaban todo, incluso se notaba una leve neblina. La vegetación amortiguaba sus pasos mientras observaba el panorama. Decidió que bajar con cautela hasta el fondo del barranco a pie, aunque era el camino más largo, era también el más seguro.
Pensó que, después de todo, había hecho bien en unirse a la causa de Leet y dar la espalda al Régimen. Sabía que había llegado al límite de su paciencia cuando le ordenaron acabar con la última de los Santos, la última persona que podía invocar por sí misma a las Almas, Erva Stradivarius, pero lo supo definitivamente después de haber visto con sus propios ojos cómo invocó a Artema aquel día, un Alma que ni el sacerdote más poderoso del Régimen podría haber llamado sin ayuda. Por eso había tenido la determinación de volver allí, porque tenía la certeza de que Erva Stradivarius no era sólo un Santo, o no un simple Santo.
En el fondo de la grieta las raíces de los árboles había crecido vertiginosamente, y ahora se entrelazaban creando una suerte de gran puerta que indicaba la entrada al santuario. La atravesó y se encontró en una cueva totalmente oscura. Lanzó un hechizo de fuego muy débil, de la fuerza justa para alumbrar la gruta. A medida que avanzaba, notaba que el suelo estaba encharcado, y el nivel del agua iba subiendo hasta que le alcanzó la mitad de la pantorrilla.
La angosta cueva se hizo de repente amplia y la pequeña bola de fuego que había invocado se hizo demasiado poco para iluminar toda la estancia. Cuando la dotó con más potencia, se sobresaltó al ver que al fondo, en el final de la gruta, la piedra estaba arrugada y retorcida, con una forma alargada, como si la roca y las raíces hubieran escupido algo de su interior. Al acercarse más, comprobó que se trataba de una figura humana, atrapada por la vegetación y la piedra. Todo tenía color gris, como si un velo de ceniza se hubiera posado sobre la pared. La figura humana estaba relajada, sin ofrecer resistencia a sus ataduras. Vaistlen comprobó que se trataba de una mujer, a juzgar por la fina armadura que llevaba y el pelo largo que se extendía y enroscaba con las raíces. Se aproximó a la estatua para observar su rostro y disipar todas sus dudas y, cuando vio el rostro inexpresivo de ojos muertos que tanto esperaba ver, se desplomó, de rodillas, en el suelo pedregoso.
Lo sabía, y lo sospechaba desde el principio. Era ella. Y la había dejado morir. Y no soportaba la idea de que no había sido en vano, que era necesario que ella abandonara este mundo; no soportaba la idea de que tuviera que morir para llegar a ser lo que era, lo que había sido desde el principio, pero le había sido negado: un Alma. Una diosa. La diosa.
Alzó el rostro hacia el de la escultura y lo sostuvo con sus manos un momento, mientras la llamaba entre lágrimas.
- Minerva...
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